viernes, mayo 09, 2008

Pólvora negra, Montero Glez

Premio Azorín 2008. Planeta, Barcelona, 2008. 325 pp. 22 €

Miguel Baquero

Ya su primera novela, Al sur de tu cintura, firmada como Roberto del Sur y publicada por Ediciones Vosa hará cerca de diez años, Montero Glez. mostró unas señas de identidad precisas y contundentes. Arraigado en los ambientes más canallas, establecido con especial delectación en los bajos fondos y entre los tipos más patibularios, Montero ha ido desarrollando, a través de sus sucesivas novelas, un estilo personal e inconfundible. Un estilo de frases bruscas, como escritas de madrugada, a la turbia luz de una farola en un arrabal de las afueras, entre prostíbulos y tugurios de mala muerte; un estilo de adjetivos que se diría mascullados por un lado de la boca en medio de una pelea a navaja abierta, entre un estruendo de vasos que caen y sillas que se derriban. En la larga decena de años que lleva ejerciendo como escritor, Montero Glez. ha permanecido fiel a su apuesta, sin aflojar en momento alguno la tensión ni buscar refugio en lo amable, cómodo y convencional, lo que demuestra cuánto hay de auténtico y genuino en su propuesta estética y con que fuerza y compromiso vive Montero Glez. la literatura.
Sin embargo, quienes apreciamos esta sinceridad, tan extraña hoy, en un escritor, y nos deleitamos con la fuerza que inevitablemente se desprende de cada una de las páginas así escritas, advertíamos (yo al menos) que Montero Glez. corría el peligro de quedar atrapado en su universo, de que este mundo de trileros, putas, trapicheros y demás gente del bronce amenazaba con cerrarse en torno de él y acabar por asfixiarle. Era preciso, y yo creo que el autor era consciente de ello, abrir el campo, dejar de dar vueltas sobre sí mismo y avanzar. ¿Cómo conseguirlo, no obstante, sin renunciar a la autenticidad, sin plegarse a los dictados de la moda, sin dejar realmente de sudar y dejarse la piel en cada página?
Difícil decisión.
Leo en las páginas de agradecimiento de esta novela que, en un determinado momento, Montero Glez. se topó con el libro de José Esteban Mateo Morral, el anarquista, y a partir de ese momento siguió tirando del hilo de diversas biografías, estudios y novelas basadas en el anarquismo ibérico, un movimiento por el que Montero Glez. era inevitable que se sintiera visceralmente inclinado. La conexión con el anarquismo, de largo historial en nuestro país, abrió (casi puede oírse el crujir de las puertas, algo oxidadas ya por el desuso) a Montero Glez. un campo extenso, inmenso y explanado para su disfrute.
Pólvora negra está centrada en la figura de Mateo Morral, el anarquista que, en mayo de 1906, arrojó una bomba en la calle Mayor de Madrid al paso de Alfonso XIII, el rey de aquel entonces que acababa de desposarse con no sé ahora mismo ni importa quién. El atentado fracasó por unos segundos, por apenas unos metros que hubiera recorrido el carruaje. Seguramente, si los caballos hubiesen llevado aquel día el paso de costumbre, la historia de España habría cambiado de forma sustancial, y quizás también la de Europa y la del mundo. ¿O no? En fin, no es éste el sitio para entrar en estos futuribles, como tampoco es Pólvora negra la simple crónica de esos hechos. Es más. Mucho más.
El intento de regicidio le sirve a Montero Glez. para describirnos cómo era el panorama en el que se movían los anarquistas de la época, un movimiento enraizado en los bajos fondos, entre los tipos más miserables (sin ánimo peyorativo) de la época y en los ambientes más sórdidos que tan caros son al autor. Un arroyo por el que también se movían los policías encargados de prevenir a estos elementos. Un mundo de suciedad, tristeza, perversión y delito al que también descienden los que se dicen más nobles y aristócratas llevados de sus más bajos instintos. Una cochambre, en fin, sobre la que vienen a sustentarse toda la historia de España. Porque, sobre la simple anécdota del atentado, hay en la novela de Montero un afán de intentar comprender aquel tiempo del que venimos; no en vano, pasan por las páginas de esta novela desde Lerroux a Primo de Rivera, Romanones o Ferrer Guardia, hay espacio para los periodistas y aun para los toreros de la época, cruza por delante el mismo Valle Inclán y hasta hay un momento para detenernos en el burdel de la calle Aviñó de Barcelona, donde ejercían algunas señoritas.
No es, sin embargo, esta reconstrucción de la época un ejercicio pintoresco tan a la moda hoy día, como tampoco constituye lo castizo un simple recurso en Montero Glez.; muy al contrario, los personajes históricos, así como los “guapos”, los “chulos” y “las gachíses” que cruzan por esta novela, son personajes vivos, sensibles, que no actúan conforme a lo que dicen de ellos las enciclopedias ni a lo que ordena su tipología sino que obran con rabia, con fuerza, con pasión y deseo. Impresionante es la figura del teniente Beltrán, el encargado de cerrar el cerco sobre Mateo Morral; es Beltrán un hombre brutal y resentido tanto contra los de su clase, porque no le dan lo que él cree que se merece, como contra los anarquistas, porque sabe que, de algún modo, son mejores que él. Su brutalidad es la tragedia de quien se siente pobre y mediocre pero se niega a asumirlo.
Al tratar con su peculiar estilo esta capítulo de la historia de España, bajo la excusa del atentado contra el rey, de sus preparativos y de la persecución posterior, Montero ha pretendido (y en mi opinión logrado) hurgar en las entrañas de lo español, descubrir debajo de toda la cosmética recientemente adquirida esa mugre, esa roña, esa caspa nunca bien erradicada que nos impide en todas las ocasiones sacudirnos nuestra miseria y progresar realmente (no hablo en lo económico) como nación. Una mugre que efervescía en la época en que Mateo Morral preparaba su bomba casera en la soledad de una pensión. Son «las ocho y media de la tarde del primer domingo de junio del año 1906, reinando en España Alfonso XIII y en el cante Antonio Chacón. Aprieta el calor en Madrid y de las cloacas sube un tufo tan intenso como para marear a un perro».

jueves, mayo 08, 2008

El daño, Andrea Maturana

Alfaguara, Madrid, 2007. 227 pp. 15 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Elisa y Gabriela pasan por una aguda crisis personal. La de Gabriela nace de su fallida relación con un hombre casado, demasiado reciente. La de Elisa, que en realidad nunca le ha abandonado, de los abusos a los que fue sometida por su padre en la infancia.
Aunque la suya no es más que una amistad superficial entre simples conocidas, deciden emprender un viaje por el desierto. ¿Es una excusa, una manera de evadirse de sus circunstancias personales? No parece que sea precisamente eso lo que ofrezca la asfixiante aridez de la nada. Más bien se trata del purgatorio perfecto, un lugar propicio a la exposición y expiación de pecados ajenos, a la purificación, la sanación. Nos sumergimos, pues, en un peculiar ambiente de intimidad forzada y sus delicadas reglas, ya que ambas son seres heridos con una sensibilidad a flor de piel y por decisión propia no van a contar más que una con la otra y consigo mismas.
El viacrucis de Gabriela será ir desvelando primero casi por casualidad y después a tientas el secreto que esconde Elisa, que no conoce, mientras lidia con su propio dolor, ante el que sólo aparentemente parece resistir, y lo sopesa mediante las denigrantes pruebas que se autoinflinge, lo que demostrará que su fuerza no es tanta y que su pena, a priori más pasajera, puede que sea más profunda.
Para Elisa (que es quien ejerce de narradora y es por tanto la única de quien conocemos a ciencia cierta lo que pasa por su cabeza) es incluso más difícil. Sabe que llegará el momento de la confesión, y lo anhela y lo teme al mismo tiempo. Contínuamente le da vueltas a cómo ocurrirá, si podrá soltarlo todo de un golpe en un discurso milimétricamente construido, si apenas conseguirá balbucearlo, y sobre todo qué pregunta dejará el campo abierto si es que es capaz de aprovechar la oportunidad. También a los lectores nos irá dosificando su historia mediante las impresiones y recuerdos que van surgiendo fustigados por los roces positivos y negativos de la convivencia en su mente torturada, de modo que descubramos que, aunque un peso descomunal le impide avanzar en la dirección que quisiera, mantiene, sin embargo, una sorprendente claridad a la hora de analizar su experiencia, incluso cuando no logra penetrar lo suficiente en ella.
Las dos se someterán por tanto a un duro análisis interior que les permita medir el daño que han sufrido para poder repararlo adecuadamente y deberán conocer su propia psicología a la vez que la de su compañera, por lo que la novela se vuelve una especie de sombrío, tenso y por momentos angustiante thiller psicológico donde lo que está en juego es ni más ni menos que eso que gran parte de nosotros creemos tener resuelto: la estabilidad de sus vidas. Maturana elabora así un auténtico catálogo del dolor y examina con una considerable delicadeza que no puede más que encomiarse cómo se instala, cómo arraiga, cómo se necesita y se rechaza, cómo se intenta exorcizar con o sin éxito.
El daño está dedicada a Vinka Jackson, psicóloga clínica infantil amiga de la novelista, quien sufrió en primera persona un caso de incesto y lo contó en el libro Agua fresca en los espejos (no sabría esto sin esta bendita herramienta que es internet). En una de las entrevistas realizadas a raíz de su publicación encuentro unas palabras suyas que bien pueden servir de esperanzada reflexión última sobre este tema tan terrible: «Sé que en el gran esquema de los dolores humanos mi historia es un microátomo, así como son un privilegio, y un lujo, en verdad, todas las oportunidades de sobrevivencia y de vida con las cuales he contado».

miércoles, mayo 07, 2008

África con un par, Alvaro Neil

Edición del autor, Oviedo, 2007. 197 pp. 20 €

Alberto Luque Cortina

Como metáfora de la vida, el viaje es uno de los motivos más recurrentes en la literatura: es lógico si se piensa que se viaja a través de la vida y se vive a través de la literatura. Del mismo modo, hay escritores viajeros y viajeros escritores. Álvaro Neil (Oviedo, 1967), sin duda, responde al segundo tipo, subsección “aventureros”.
Cabría considerar que la aventura, entendida desde la perspectiva decimonónica aún consagrada, es imposible en el siglo XXI. Sin embargo, y siempre desde esa perspectiva, Neil es un aventurero: en noviembre de 2004 dio la primera pedalada en Oviedo, ciudad a la que regresará después de diez “largos” años, una vez haya recorrido en bicicleta los 140.000 km con los que completará la vuelta al mundo en solitario. Su proyecto se llama MOSAW (Miles of smiles around the World), ya que Álvaro Neil es también payaso y mago (y en tiempos un prometedor abogado), y allí por donde pasa ofrece espectáculos gratuitos en barrios marginales, cárceles, campos de refugiados, etc. Diez años de viaje en condiciones precarias (Neil carece de grandes patrocinadores aunque sí de una legión de incondicionales que le siguen diariamente a través de su web biciclown.com): un moderno Ulises cuya filosofía de viaje parece consistir en vivir con lo estrictamente necesario (parece tautológico, ¿verdad?), no poseer nada que no seas capaz de transportar y, pase lo que pase, no dejar de pedalear.
Su primer gran reto ha sido recorrer el continente africano, que ha supuesto el paso por 31 países, 38.000 kilómetros, casi 1.000 días de viaje y cuatro malarias, experiencias que recoge en el presente libro, África con un par. Escrito durante un breve receso en El Cairo, muestra la mano presurosa de quien sabe que el libro será una forma de financiar su aventura. A lo largo de su lectura surge la sensación de que a Álvaro Neil se le han quedado muchas, y apasionantes, historias por contar. Quizá esta narrativa nerviosa sea, pese a todo, una de las grandes virtudes del libro: hay un poso de honestidad muy intenso en cada uno de los capítulos. No hay literatura barata ni épica de salón. Álvaro Neil no se detiene a recrearse en las palabras (no tiene tiempo), ni a adornar sus experiencias, sino que las narra con rapidez y efectividad. Lo que cuenta es su verdad, vaya palabra.
Las únicas concesiones las realiza al hablar de los otros, especialmente cuando relata las muestras de apabullante generosidad de quienes, encontrándose entre los más pobres de la Tierra, no reparan en ofrecer lo poco que tienen a un desconocido. Quizá esta sea una de las características que diferencian a este de otros libros de viajes: los ojos de Álvaro Neil se detienen en las personas, mientras que otros autores, lícitamente, habrían centrado la narración en su esfuerzo deportivo o en el paso azaroso por algunos de los lugares más “calientes” del planeta sin otra red que una bicicleta y una tienda de campaña. Esta visión humanista es, más allá de las peripecias de su protagonista, el verdadero eje central de la obra.
A lo largo de 38.000 km, el autor ha atravesado grandes desiertos donde resulta casi imposible encontrar agua, altas cordilleras y peligrosas “zonas de alto riesgo”, pero sobre todo ha accedido al corazón de algunas personas, sin duda el lugar más inexplicable de la Tierra. En definitiva, un libro muy interesante y divertido, de lectura ágil, emotivo en algunos momentos, muy recomendable para los aficionados al ciclismo y a los libros de viajes, y por extensión a todos aquellos que encuentren interesante ver el mundo desde una perspectiva ajena a los teletipos y las declaraciones institucionales.
Ah, una advertencia: África con un par está fuera de los circuitos comerciales, así que para conseguirlo hay que dirigirse a la web del biciclown. Mientras escribo esto Álvaro Neil está pedaleando por Turquía, hacia el corazón de Asia. Es de esperar que en un par de años podamos leer su periplo por este nuevo continente.

martes, mayo 06, 2008

La escafandra y la mariposa, Jean-Dominique Bauby

Trad. Rosa Alapont. Ediciones del Bronce, Barcelona, 2008. 160 pág. 15 €

María Ruisánchez

Imagina que eres un buzo sumergido en un océano, sin posibilidad de escapar, que una escafandra, pesada, cerca tu cuello y que sólo ves el mundo a través de un cristal empañado que es tu propio ojo. Con esta metáfora visual, Jean-Dominique Bauby describe su propio cautiverio. Encerrado en su cuerpo debido a un accidente cardiovascular que le impide moverse, tragar, hablar... ser, Bauby consigue comunicarse a través del parpadeo de su único ojo sano. Es así como dicta las páginas de esta autobiografía del cautiverio, letra a letra, en un laborioso vaivén de palabras que se convierten en frases, y luego en capítulos. El libro, llevado al cine por Julian Schnabel, ha conseguido captar, por medio de angustiosos y claustrofóbicos planos subjetivos, la realidad de este hombre encerrado en sí mismo.
A pesar de ser una historia real, muy cruda y desgarradora, hay en este libro un canto a la vida, que consigue que apreciemos lo sublime de las pequeñas cosas. Después de asistir a semejante narración, ya no es lo mismo andar, rascarse la cabeza, sonreír o dar un beso. Jean-Dominique se refugia en la imaginación, salvavidas que le permite viajar por el mundo, hacerle el amor a su amante, cenar en los mejores restaurantes de París, jugar con sus hijos... Esos devaneos ilusorios son lo único que le mantiene con vida, sin perder el norte. En cuanto a la película ahonda en la adaptación del hombre al nuevo medio, en ese aferrarse desesperadamente a la vida. Ambas nos muestran como la comunicación es imprescindible para el ser humano. Se use el lenguaje que se use, en este caso un guiño al pasar del abecedario, letras, pacientemente recitadas por médicos y amigos.
En el libro, Jean-Dominique se replantea su pasado y nos llama la atención sobre lo fundamental de vivir. Como en un flash back onírico, el autor nos cuenta su día a día, sin caer en repeticiones ni tópicos, pues su libro es un libro a imagen y semejanza de su imaginación, no de sus acciones. En el cohabitan la emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III, los vecinos de camilla, morabitos cameruneses, fastuosas reuniones en la revista Elle o la virgen de Lourdes iluminando a los tullidos, con un parpadeo eléctrico de neón y escepticismo. Desde su despertar angustioso, Bauby nos va narrando su mundo, su es y su era, haciendo hincapié en sus arrebatos imaginativos hasta llegar a las horas previas del accidente, punto de inflexión en su vida. Por el contrario, la película, sin renunciar a ese elemento surrealista, onírico, mágico y privado, construye y preserva las relaciones humanas: Bauby y sus médicos, Bauby y sus hijos, Bauby y su ex­mujer, Bauby y su padre. De esta manera, dotan de conflicto y humanidad al filme. Crean un abanico más amplio y objetivo de los lazos afectivos que envuelven ahora al enfermo. Lo cual nos da, a la vez, una visión externa de lo que supone esa enfermedad para quienes lo tratan, lo compadecen o lo aman, con quienes el público quizá pueda identificarse más.
Es curioso, como el propio autor considera que su enfermedad es una venganza literaria por querer escribir, antes del accidente, una versión posmodernista de El Conde de Montecristo, con una mujer como heroína, que finalmente cambió por este relato de guiños. En el clásico francés hay un personaje, al que Bauby terriblemente se asemeja, Noirtier de Villefort, que describe, parafraseando a Dumas como «un cadáver de viva mirada, un hombre moldeado ya en sus tres cuartas partes para la tumba, ese minusválido profundo no induce a soñar sino a estremecerse. Depositario impotente y mudo de los más terribles secretos, se pasa la vida postrado en una silla de ruedas y sólo se comunica guiñando los ojos: un guiño significa sí, dos no». Ironías como estas ilustran la resignación estoica de Bauby con respecto a su propio destino.
Si algo transmite este libro es esa calmada, inteligente, y por qué no humorística manera de tomarse la vida, aun habiéndolo perdido todo, menos la imaginación. Lo cual nos lleva a plantearnos qué es un hombre. La única respuesta posible, tras haber escuchado la voz en off de Bauby, es que un hombre es mucho más que un cuerpo, una psique poderosa, capaz de crear su propio mundo por el que revolotear a gusto en una efímero existencia. No le podría ir mejor el título a este autobiografía que entremezcla el dramatismo hiperrealista del que pende de un hilo de oxigeno, anclado en el fondo de un ser difícilmente escrutable, con la delicadeza y hermosura de ese batir de alas, volar libre, sin renunciar a nada, mientras dure el viaje.

lunes, mayo 05, 2008

Entre perro y lobo, Julio Llamazares

Alfaguara, Madrid, 2007. 272 pp. 19,50 €

Luís García

Ni blanco ni negro,
ni contigo ni sin ti


Dice Julio Llamazares a propósito de su último libro publicado, Entre perro y lobo, que dicha expresión, en francés entre chien et loup, “hace alusión a esa indefinida luz que se produce al caer la tarde, cuando ya el sol se ha ocultado pero la noche se resiste a hacer su presencia”. No es banal entonces el titulo de esta recopilación de artículos literarios, por cuanto alude en el mismo a su propia esencia como escritor, periodista, poeta, o novelista, a una ambigüedad consciente de quien “mira la vida desde la ventanilla de un tren que cruza el paisaje envuelto en una luz que ni es real, ni es irreal. Esa luz que hace que el mundo no sea blanco ni negro”. Una antología de artículos literarios, que previamente han sido publicados en diferentes medios escritos con cierta cadencia, es de por sí una Antología de trabajos dispersos. Y no porque hayan mediado en su publicación entre unos y otros varios días, meses o años, sino por los temas que tratan. Los primeros de Julio Llamazares aquí reunidos bajo el enigmático titulo Entre perro y lobo, se remontan a 1986, un año y un tiempo especialmente delicado en una España en la que su problema era que “siempre creía estar en una encrucijada”. Son artículos de opinión social, pero también literaria y cinematográfica, en los que rememora su pasado, su juventud, los primeros encuentros con Antonio Colinas o Camilo José Cela, por ejemplo. En los que salda viejas deudas como la que siente tener con Antonio Pereira, paisano suyo y a su juicio, “el mejor narrador oral y autor de relatos breves de este país”. Con su hermosa tierra leonesa, esa comarca de Babia bañada por el río Luna, en la que sus recuerdos “están todos impresos de nieve”... porque “la nieve esta en su corazón como el silencio en las habitaciones de los balnearios: densa y profunda, indescifrable”, y en los que no se olvida, por ejemplo, de la fiesta de los toros, inexplicablemente “apoyada hoy por los nuevos intelectuales”, ni del último deseo de Thomas Baal, preso ajusticiado en Nevada un 3 de Junio, un deseo que raya lo surrealista puesto que lo que pidió fue amén de una copiosa cena, “pasar la noche con una prostituta”, algo que le fue negado por unos rigurosos reglamentos carcelarios, es decir, por una “cuestión moral”. Y son artículos en los que uno descubre que zigurat es algo más que el nombre de una hermosa revista de poesía, que alude a “la subida en espiral al abismo, como un minarete que se alza solitario contra el cielo azul cobalto del desierto”. Los más simpáticos y si me apuran domésticos, son el que hace mención al particular parque jurasico de la época, el de la Chabeli y Ricardo Bofill jr., el de Maria del Monte, Lolita y algún que otro político despistado como Jorge Verstrynge, el de Sara Montiel e Iñigo, el gran José María Iñigo de los años setenta...., así como el que recuerda aquel “¡por qué no te callas!” de su Majestad el Rey al Presidente venezolano, o los que habla de la teoría de la conspiración, o de las dos Españas.... Y es que a su manera, Entre perro y lobo se puede leer como una peculiar historia de España más, de sus últimos doce años, aunque en esta ocasión vista desde la inquisitorial mirada (porque en ocasiones Julio Llamazares aborda dicho papel, convirtiéndose en juez y parte) de quien los ha vivido con intensidad desde su doble papel de escritor y periodista. Esto es sin duda lo mejor del libro, puesto que a aquellos que comenzamos a peinar canas, que pertenecemos lustro más, lustro menos, a la generación del autor, nos resulta bastante sencillo identificarnos con los temas que trata, con los personajes, políticos, futbolistas.... que menciona. Lo peor, que precisamente a aquellos que no se identifiquen con dicha generación, les resultará no sólo difícil entrar en cada artículo, también encontrarle interés literario. Si uno lee los artículos de Larra, Julio Camba o Álvaro Cunqueiro, observará que no es necesario identificarse con la época. Que escribían, incluso cuando hacían referencia a algún acontecimiento de su época, artículos atemporales, capaces de sobrevivir al paso del tiempo. Ese es el verdadero valor del articulista. Esa es la carencia de Julio Llamazares. El título, en mi opinión lo mejor del libro junto a contados trabajos del mismo: Entre perro y lobo, entre blanco y negro, entre chien et loup, ni contigo ni sin ti….