viernes, marzo 20, 2009

Un poco de nostalgia, Wilhelm Genazino

Trad. Carmen Gauger. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2008. 194 pp. 18 €

Mercedes Cebrián

Lo primero que a muchos sorprenderá de esta novela es que, en la página 10, Dieter, el protagonista pierda una oreja así, como quien no quiere la cosa, en medio de un bar donde proyectan el partido de fútbol Alemania-República Checa. Esta pérdida tan sorprendente (no se trata de una oreja cortada por nadie, sino de una que se cae al suelo sin más) funciona como metáfora del proceso vital que experimenta el cuarentón Dieter y, si bien podría tener más peso en el desarrollo de la trama y causarle más cuitas al hombre en cuestión, el autor ha decidido dejar el extravagante asunto en un segundo plano para alivio de ciertos lectores, que así podemos nuestra atención en otros aspectos del relato y, sobre todo, en las agudas observaciones en primera persona del protagonista.
Las observaciones de Dieter son como los golpes de un martillo de plástico colorido: al alcanzar su blanco emiten un sonido peculiar que, lejos de causar daño, resultan hasta divertidos para quien los recibe. Dieter se limita a hablarnos de sì mismo; de lo complicadas que son las relaciones con su exmujer Edith, la madre de su hija («Noté entonces una vez más que para Edith la necesidad de reducir gastos es algo tan ajeno como una enfermedad»); de Sonja, la mujer con la que sale temporalmente; de una compañera de trabajo que parece gustarle; de su ascenso laboral y de otros aspectos de una vida de clase media, convencional y carente de estímulos trepidantes, en la Centroeuropa de nuestros días. Hasta aquí, todo puede parecer algo anodino, pero a medida que avanzamos en la lectura nos damos cuenta de que el texto es un ejemplo excelente de una voz masculina exenta de los tics de lo muy afrancesado, de la guasa y, en ocasiones, solemnidad ibéricas que tan de memoria conocemos, y del humor irónico ampliamente exportado por los escritores anglosajones. ¿Podríamos atrevernos a afirmar entonces que estamos ante una voz «alemana»? Quizá sea exagerado, sobre todo porque nos obligaría a definir el adjetivo «alemana» en este contexto, pero lo que sí puedo asegurar es que se trata de una voz lúcida, con gran capacidad de autoanálisis y de espíritu crítico («Como tantas otras veces, mi vida afectiva está en el límite entre el acercamiento y la huida. A veces me intereso por otras personas, y luego ya nada, ni siquiera, lamentablemente, por quienes ya me interesaron alguna vez. Me gustaría ahogar (aquí, en la piscina) esos sentimientos poco serios, pero se aferran a mí con fuerza y no entran en negociaciones.»). Y lo más importante: le saca todo el jugo posible a una vida que muchos considerarían soporífera.
El mundo es una pequeña fiesta en la voz del protagonista de Un toque de nostalgia; pero una fiesta modesta, con sandwiches de jamón de York, refrescos, algún gorrito, serpentinas y dos o tres matasuegras. A lo largo de sus observaciones, Genazino, a través de su personaje, parece animarnos a seguir celebrándola, manteniendo despierta la curiosidad ante cualquier situación («Por la curiosa posición de su órgano sexual, el hombre está obligado a mirarlo desde arriba durante casi toda su vida. Envidio a las mujeres, que están liberadas de esa eterna monotonía.»), que es lo mismo que animarnos a seguir viviendo.

jueves, marzo 19, 2009

Doble Mirada: Los cuentos más breves del mundo: De Esopo a Kafka, Edición de Eduardo Berti

Páginas de Espuma, Madrid, 2008. 280 pp. 19 €

1. Elia Barceló

Creo que la primera vez que me encontré con un microrrelato (o hiperbreve o minificción, como también se les llama) fue hace muchos años en un texto ensayístico de Cortázar donde, para ejemplificar el punto de vista en un relato, usaba una breve historia que no era suya, pero no indicaba procedencia y hasta ahora no he averiguado de quién es, aunque por el tema podría ser de M. R. James. Lo cuento de memoria:
Un matrimonio quiere comprar un castillo inglés (o escocés) que acaba de ponerse en venta y, mientras el marido habla de las condiciones con la empleada de la inmobiliaria, la mujer va entrando y saliendo de distintas habitaciones. Al llegar a un pasillo, se encuentra con un caballero que, al parecer, también está interesado en la compra del castillo, empiezan a charlar y la mujer le comenta: «He oído decir que este castillo tiene fantasma. ¿Usted cree que es cierto?»
El caballero le contesta: «No sabría decirle, señora. Yo hace quinientos años que vivo aquí y no lo he visto nunca.» Y desaparece.
El minicuento me pareció tan estimulante, tan curioso, tan lleno de sugerencias que desde ese momento empecé a buscar microrrelatos conscientemente, lo que me llevó, como era de esperar, a Monterroso y su dinosaurio, y de ahí a muchos otros autores pasados y presentes que utilizaron la extensión hiperbreve para plasmar sus historias. Debo de haber leído cientos, pero todos ellos eran modernos, entendiendo por moderno lo producido, sobre todo, a lo largo del siglo XX.
Los ensayos sobre la ficción hiperbreve también suelen dedicarse a lo contemporáneo y hasta la lectura de Los cuentos más breves del mundo. De Esopo a Kafka apenas si había tenido ocasión de leer textos que hubieran sido escritos mucho antes del siglo XIX.
Por eso he encontrado muy satisfactorio este volumen: porque me ha abierto un campo que yo sabía que tenía que existir, pero nunca había encontrado, y me ha proporcionado muchos momentos de placer de lectura porque, si algo tienen los microrrelatos, es que —igual que su equivalente en poesía, el haiku— ofrecen un máximo de placer junto a un mínimo de tiempo de lectura y un eco interior larguísimo.
El proceso de reunir los textos que nos regala esta obra ha debido de ser largo y difícil, casi detectivesco, porque nos encontramos con microrrelatos de 157 autores que van desde el más antiguo (Esopo, 620-560 a.C) al más reciente (Franz Kafka (1883-1924), pasando por los autores griegos, chinos y romanos de antes de Cristo, para continuar cronológicamente recorriendo la cuentística árabe, persa, india, china, europea de distintos países y estadounidense.
El compilador —Eduardo Berti— nos informa en el prólogo de que ha estructurado su selección partiendo de tres criterios: los textos elegidos debían ser muy breves (un máximo de 350 palabras, aunque la mayor parte tiene muchas menos); debían ser anteriores al siglo XX (o de principios del siglo XX como mucho) y debía tratarse de textos escritos en cualquier lengua salvo la castellana.
Esto ha tenido que aumentar considerablemente la dificultad de compilar la antología porque las lenguas originales son tantas y tan variadas que no resulta posible que un solo antologista las domine todas y esté en posición de ofrecernos una traducción propia. Para eso se han encargado traducciones a varios profesionales que constan en el elenco del final del libro.
El lector aficionado a la ficción ultrabreve descubrirá en esta obra una gran cantidad de textos que, estoy casi segura, no conocía y que le proporcionarán esas breves chispas de ingenio que suelen incendiar la estopa de nuestra imaginación.
De todas formas, es conveniente avisar de que los lectores acostumbrados a textos contemporáneos, que suelen poner el énfasis en la sorpresa, pueden encontrar muy diferentes los microrrelatos más antiguos: algunos son, para nuestro gusto actual algo «lentos»; otros nos parecen ya conocidos —porque ha habido generaciones de escritores posteriores que han bebido de estas fuentes sin informarnos de ello y los lectores pensábamos que eran originales—; otros son —lamento tener que confesar mis dificultades con el pensamiento chino— algo crípticos; otros son fuertemente didácticos —cosa a la que los lectores actuales ya no estamos acostumbrados—, pero en conjunto se trata de un libro apasionante que vale la pena tener siempre a mano porque, a diferencia de las gordísimas novelas que están de moda hoy en día, esta obra tiene la ventaja de que con dos minutos de lectura hemos incorporado a nuestra mente un texto completo que nos hará sonreír o reflexionar durante mucho tiempo.
Es muy de agradecer también la estructuración cronológica de los microrrelatos, la existencia de un índice de autores con un poco de información sobre cada uno de ellos —ya que los hay auténticamente desconocidos para un público occidental— y las referencias a los traductores.
Eduardo Berti y Páginas de Espuma nos han hecho un gran regalo y, a riesgo de parecer una niña mimada y desagradecida que, nada más recibir un juguete ya está pidiendo el siguiente, me gustaría que ambos continuaran colaborando para ofrecer a los lectores más libros como éste.


2. Ignacio Sanz

Los relatos cortos o microrrelatos no son una moda de nuestro tiempo acelerado. Ya encontraron asiento en la antigüedad entre autores célebres. No hay más que echar un vistazo a este libro recogido por Eduardo Berti para percatarnos del largo camino que llevan trazado. Es verdad que, en la mayoría de los casos, son piezas sueltas en la obra de sus autores, es decir que el género carecía de la patente de corso que goza en la actualidad donde grandes autores de novelas o de relatos han entregado también libros de microrrelatos. Acaso al rebufo de esta nueva corriente, Eduardo Berti, mira al pasado para descubrirnos que también los clásicos habían hollado este camino. Es una manera sutil de hacernos saber que no hay nada nuevo bajo el sol.
¿Pero qué es un microrrelato o un relato breve? Berti lo define en la introducción al este libro como aquel que no ocupa más de una página. Dicho en palabras, los que no superan las 350 palabras. Los relatos por él elegidos oscilan entre las tres líneas y la página, es decir, son relatos cortos. Otra particularidad del libro es que se trata en todos los casos de relatos traducidos, es decir no escritos por autores en español. Ningún autor está representado con más de dos cuentos. Y otra característica más es que Berti se adentra tanto en la cultura occidental, incluyendo a los árabes, como en la oriental, rescatando autores chinos o japoneses con los que el lector occidental no suele estar muy familiarizado.
Leyendo esta antología uno descubre que los autores, antes que hijos de unos padres concretos son, sobre todo, hijos de una época. Quiero decir que el lector se va a encontrar aquí los cuentos moralizantes propios del medievo que recuerdan a nuestro don Juan Manuel; también se topará con nombres legendarios, nunca mejor dicho como el italiano Santiago de la Vogágine, autor de la Leyenda aúrea, junto a los clásicos griegos y latinos. Y muchos autores célebres como Leonardo, Voltaire, Marqués de Sade, Baudelaire, Tolstói, Stenvenson, Rimbaud, Chéjov, Bierce, Wilde, Mark Twain, Jules Renard, Svevo o Kafka que cierra la lista. Es decir, el libro se cierra en los albores del siglo XX.
La amenidad del libro radica en la brevedad de sus relatos. Leyendo estas páginas uno tiene la sensación de haber hecho un recorrido por la historia de la literatura. Es verdad que se trata en ocasiones de apuntes, escorzos llenos de gracia e ironía en los que el quiebro final acaba dando al relato esa esferecidad de la que hablaba Cortázar y de la que se apropió después Antonio Pereira, uno de nuestros grandes cultivadores de relatos breves.
Es posible que el lector contemporáneo se sienta más atraído por aquellos autores más cercanos en el tiempo, pero no se va a sentir decepcionado con los escritores precristianos ni tampoco con los orientales. Al fin, las preocupaciones del hombre son constantes en lo esencial.
Y, para muestra un botón, elegido por su brevedad: Frenesí de William Drummond:
«Una dama sentía tal frenesí por cierto predicador llamado Mr. Dod, que le pidió a su marido que le permitiese acostarse con él a fin de procrear un ángel o un santo; el permiso fue dado, pero el parto fue normal.»

miércoles, marzo 18, 2009

Moleskine. (Selección de relatos, 1999-2006), Guillermo Busutil

Prólogo Héctor Márquez. Las 4 estaciones, Málaga, 2009. 156 pp. 10 €.

Marta Sanz

Guillermo Busutil ha hecho casi de todo en ese circo de tres pistas que llamamos espacio cultural. En el ámbito del periodismo habrá sido a menudo domador de leones y encantador de serpientes; en la gestión cultural, un eficiente maestro de ceremonias; y, en la creación literaria, que es por lo que hoy estamos aquí, yo veo a Busutil como un funámbulo sobre la delgadez del alambre, quizá como un trapecista que dibuja tres mortales consecutivos en el precipicio del aire sin que, debajo de su cuerpo, se extiendan redes que puedan amortiguar la caída y salvarlo de morir.
En una época en el que se dice que el cuento es un género ninguneado por las editoriales —no por los lectores ni por los críticos: nadie se enzarza en discusiones bizantinas para establecer jerarquías absurdas entre los movedizos géneros literarios—, Busutil recoge algunos de los relatos escritos entre 1999 y 2006, y en su selección, deja claro que, más allá del lugar que ocupe el cuento en el campo de la literatura actual, dentro de la habitación de los cuentistas, la tradición con la que él entronca poco tiene que ver con ese realismo minimalista de Carver que durante décadas ha sido marca de prestigio en el código genético de los autores de relatos.
Podemos imaginar muy bien a Busutil tomando notas en su cuaderno Moleskine, releyéndolas, cambiando una palabra por otra que exprese una textura o una sonoridad distintas, otro concepto u otras asociaciones. La radicalidad de los relatos de Busutil reside en una extrema preocupación por el lenguaje que posiblemente se relaciona con el hecho de que este escritor polifacético es también poeta. Por eso, en el punto concreto de la habitación de los cuentistas situada en algún lugar específico del campo de la literatura española actual, en la habitación donde Busutil escribe en su cuadernito Moleskine, yo he visto una colección de retratos del modernismo, de un lado y de otro del océano Atlántico, y he escuchado una música que me hacía recordar esos textos de Azul donde la supuesta saturación naturalista desemboca en una preocupación por el lenguaje y por la sensorialidad que no deja de ser profundamente ética.
Moleskine incluye, además del prólogo de Héctor Márquez que con tino se titula “El novelista condensado”, nueve cuentos: “El asesino del Atlántic” se remonta a uno de esos agujeros oscuros en los que se construye la culpa y habla de los modos diferentes de ver a una misma persona y quizá también a nosotros mismos; “Manos de plata” es una estampa, castiza y decadente, incluso bohemia, de una realidad estilizada por la literatura –una estilización subrayada que nos obliga a su inmediata interpretación- donde los dos dualistas de la historia son un carterista y un inspector muy guapo; “El puente del arquitecto” son palabras alrededor del vórtice de una hermosa escena homoerótica y, como todos los cuentos de vampiros, una historia de amor, de muerte y posesión, que se remata con una economía y una lucidez, con una imagen que es igual a la ausencia de la misma; en “Un paraguas amarillo” escuchamos la música de Los paraguas de Cherburgo —yo aún recuerdo la carátula del single que se editó en España, con Catherine Deneuve, menos rubia que de costumbre, bajo la lluvia— ambientando un encuentro sentimental, fantasmagórico y feliz en el ómnibus; un limpiabotas lleva la voz cantante en “Maurice”: con ella desgrana una historia de amor-pasión en la que cada zapato es una metonimia de la identidad porque es bastante evidente que el trabajo hace al hombre; “La despedida danesa” es casi un homenaje a Andersen no exento de humor de negro: pérdidas, rencores, traumas y accidentes en el nudo, siempre complicado, de las relaciones paterno-filiales. Dejo, para el final, el comentario de tres relatos, en mi opinión, exquisitos: en “Golpe de sol sobre el tapete de hule de azul” la elocución pictórica se conecta con una precisión que tiene que ver con el detallismo y no tanto con la economía de medios; un cuento en el que Busutil se rebela contra un canon reduccionista y pinta un sangriento bodegón, una colección simultánea de naturalezas muertas, según los parámetros del cubismo pero con los colores de los artistas fauve. “El salto del ángel” es la pieza elegíaca de Moleskine: en él un personaje le pide a otro que le recuerde siempre el que fue el momento más feliz de su vida. Por si acaso él llegara a olvidarlo... Por último, “Melville” se atreve con un final climático como feliz colofón a una metáfora sobre el aburrimiento sexual. “Melville” cierra orgasmáticamemte la colección: cuando lean el libro de Busutil, se darán cuenta de que el adverbio “orgasmaticamente” no es una voluta retórica.
Hay que tener mucho arrojo para escribir como un escritor, saltándose las normas que configuran la ortodoxia respecto al cuento instaurada por algunos suplementos literarios y por ciertos talleres de escritura creativa. Eso es exactamente lo que el trapecista Busutil lleva a cabo con los triples mortales que encierra su Moleskine.

martes, marzo 17, 2009

Aunque seamos malditas, Eugenia Rico

Suma de Letras, Madrid, 2008. 400 pp. 18 €

Luis García

Eugenia Rico es un valor seguro. Literario, como no. Y Aunque seamos malditas, su reciente novela, está llamada a conformar ese necesario fondo de armario que todo lector exigente precisa. La historia se desarrolla en un inhóspito territorio irreconocible pero con guiños a la Asturias profunda, la de nuestros ancestros, un mundo en el que el tiempo parece haberse detenido. Mágica donde las haya, nos envuelve desde el comienzo en un halo de misterio, en un triangulo del que parecen no poder salir ni Ainur, ni Selena, las dos protagonistas principales. Dos voces para un mismo personaje. Dos voces que se reencuentran con idéntico estigma pero con un margen de siglos. Una única persona que sufre el mismo desprecio.
La historia, que es caprichosa, tiene la virtud de repetirse, y las personas, que somos crueles, de ser la mano ejecutora de dicha virtud. Porque Ainur y Selena son la misma persona pero viviendo la misma tragedia desde sus respectivos orígenes. «Antes preferiría ser la hija del Diablo» dicen Selena y Ainur con cuatro siglos de diferencia. Dos mujeres odiadas y envidiadas por la misma razón. Dos mujeres que son una.
La novela esta plagada de referencias y frases que la justifican por si sola. «Cuando se tiene dinero (dice Ainur) el dinero es como un colchón de plumas. No cambia la realidad, la acolcha». (Pag. 36). Y es que el dinero «no puede borrar los recuerdos». Unos recuerdos que la arrastran desde su Barcelona adoptiva, el acoso laboral y sexual, los repetidos insultos (bruja, bruja….) hasta su Asturias natal, esa aldea mágica en la que nació y creció y fue perseguida Selena, su doble, su abuela, ella misma.
El paralelismo entre Selena y Ainur no acaba aquí. En los aquelarres, la víctima era extendida desnuda sobre el ara de piedra para satisfacción de los sacerdotes, y desnuda, era poseída y torturada cruelmente. Ainur, por su parte, es acusada de haber propiciado una orgia en su oficina y de haber satisfecho los mas bajos instintos de sus compañeros, después (o antes, que mas da) de haber sufrido un intento de violación por parte de su jefe. Y digo que da igual, después o antes, porque Ainur, como Selena ya era una violada y ultrajada en vida, ya era una bruja. Ambas estaban malditas, y lo sabían.
Uno de los personajes más enigmáticos de la novela, pero a la vez más entrañables, es el farero, que intenta con su luz alumbrar el camino a ambas, que a su vez también se ha visto injustamente condenado por una sociedad cruel. El farero resulta imprescindible porque como ellas, también fue quemado en la hoguera. Por eso se entienden tan bien, por eso Ainur se oculta en su regazo. Por eso.
La novela avanza fragmentariamente, algo que no debe extrañar a los lectores de Eugenia Rico (resulta interesante que la propia autora se convierta en personaje colateral del libro) y lo mas importante, la historia nos envuelve como lo hicieron en su momento las novelas de las hermanas Brontë, las mágicas historias de aquellos que supieron darle cuerpo de verosimilitud y realidad a territorios mágicos como Rulfo, Faulkner o Luis Mateo Díez, y nos recuerda a poco que nos fijemos que por encima de la denuncia social imperante, por encima de aquellas falsas acusaciones que todos podemos sufrir en algún momento de nuestras vidas, se encuentra la verdad, y como no, una escritora valiente, de raza, capaz de entender la literatura como pocos autores en este país.
No estoy de acuerdo con quien dice que Aunque seamos malditas es una novela oscura. Todo lo contrario. Creo que es una obra en la que impera la luz, una luz mágica que alumbra a Selena, a Ainur, al farero, a Casilda, a Consuelo, a Eugenia... Una gran novela para unos tiempos de crisis e indecisión.

lunes, marzo 16, 2009

Vidas y muertes de Luis Martín Santos, José Lázaro

Tusquets, Barcelona, 2009. 449 pp. 25 €

Pedro M. Domene

El lamentable accidente que acabó con la carrera literaria de Luis Martín Santos (1924-1964) y la abundante bibliografía que durante estos casi cincuenta años se ha publicado en torno a Tiempo de silencio (1962), ha oscurecido de alguna manera la vida y la personalidad del escritor-psiquiatra que ya entonces gozaba de una insólita reputación como médico, militante antifranquista e intelectual comprometido y que ahora, de alguna manera, se completa con la extraordinaria biografía Vidas y muertes de Luis Martín Santos, de José Lázaro, profesor de Humanidades Médicas en la Universidad Autónoma de Madrid. La obra ha recibido el prestigioso XXI Premio Comillas de Biografía, e indaga y profundiza, de una manera pormenorizada, en la vida privada y pública del escritor, cotejando documentos y testimonios, destacando las múltiples facetas de la personalidad del autor de Tiempo de destrucción (1975). Tiempo y memoria se funden en esta obra para ofrecer una diversidad de miradas en la compleja e interesante vida y obra de Luis Martín Santos.
Lo primero que nos llama la atención del presente libro, además de ser una extraordinaria biografía, en un país donde no existe tradición para el género, es el propio título puesto que en un escritor podemos vislumbrar una multiplicidad de vidas, aunque ignoramos si puede haber otras tantas de una misma muerte, aunque en el caso de Martín Santos, su desaparición coincide con un accidente de tráfico con el que, entonces, no se dejaron de conjeturar hipótesis como las de un suicidio o un crimen, posibilidades que ahora se despejan en Vidas y muertes de Luis Martín Santos, episodio que José Lázaro documenta sobradamente. La vida del escritor no podría discurrir por mejores senderos: estaba casado felizmente, tenía tres hijos, era un notable psiquiatra y director del Sanatorio de San Sebastián, había publicado con mucho éxito Tiempo de silencio y estaba acabando su segunda novela, Tiempo de destrucción, en realidad, por el propio título, una sombría mueca del destino porque nunca llegaría a verla publicada. Sin embargo, en marzo de 1963 moría su esposa en extrañas circunstancias, y unos meses más tarde, en enero de 1964 él mismo. El índice del libro ofrece una pormenorizada visión del escritor, reconstruyendo su muerte: viaje, accidente, entierro, para seguir con aspectos significativos: el hombre y las peculiaridades en torno a esa figura paterna, una infancia aislada, los estudios universitarios, ciertas peculiaridades vascas o, desde un punto más humanista, la realidad literaria del momento. El buen trabajo realizado por Lázaro se sustenta en los testimonios de las personas que conocieron al escritor muy de cerca, compartieron su vida privada y profesional, el relato de sus hijos, de su hermano, algunos amigos íntimos y colegas en el ámbito profesional y literario. Conocemos de primera mano, su vinculación socialista, con las detenciones, los interrogatorios y posterior ingreso en la cárcel, la memoria de la guerra civil y, finalmente, cierto desencanto político. Otra faceta interesante es la del «escritor» y en cierto modo, entrecomillo la palabra, porque quizá es una de las facetas que habría que destacar después del sobresaliente tratamiento de su novela, Tiempo de silencio, en una época, además, en la que España resurgía tras una dura postguerra y literariamente había que reconstruirlo todo, a lo que él contribuyó notoriamente. Cuando apareció su novela, autores de la talla de Juan Goytisolo, Mario Vargas Llosa, Jaime Gil de Biedma, el propio Carlos Barral y Carmen Martín Gaite, defendieron sus valores, aunque también hubo voces disidentes; en los apéndices se publica la primera reseña que José Luis Torres Murillo escribió sobre la novela, así como notas de prensa sobre la muerte, textos psiquiátricos inéditos y una correspondencia editorial sobre su obra; los nombres de Benedetti y Castilla del Pino, sobresalen en este apartado.
Cuando uno termina de leer los capítulos y los apartados de algunos silencios notables en la biografía de Martín Santos, la imagen completa del escritor resulta de lo más nítido, un hombre de una personalidad tan arrolladora como sorprendente, de una inusitada vitalidad y actividad social, muy analítico por su profesión y por su vocación literaria; la imagen real que proyecta la presente biografía es la de un líder nato de frustada proyección por su temprana desaparición. En cuanto a la técnica utilizada por el autor, se refiere a los personajes que va convocando en tercera persona, lo que hace del texto una lectura seudonarrativa que para nada favorece, en algunos aspectos, su lectura. Hay una necesidad de establecer unos claros criterios entre la oralidad de las transcripciones grabadas, las entrevistas reproducidas, y lo que realmente aporta el autor con su propia prosa, deslindando claramente los procedimientos de cada uno de ellos. Es un simple detalle de estilo y nada más. Sin embargo, el resultado de Vidas y muertes de Luis Martín Santos, convierte al libro en un espléndido acercamiento a la vida de este singular hombre, permite conocer al curioso aspectos biográficos desconocidos, de un autor de culto, referencia hoy inexcusable de la narrativa española de la segunda mitad del siglo XX.