viernes, abril 17, 2009

El amor y la risa, Darío Fo

Trad. Carla Matteini. Paidós, Barcelona, 2009. 140 pp. 19 €

Ignacio Sanz

He aquí un bufón ilustrado de antigua estirpe, un hombre de teatro que ha bebido en las fuentes primigenias y conoce los misterios del alma popular. No voy a descubrir a estas alturas a Darío Fo, posiblemente el autor contemporáneo más representado del viejo continente, es decir el que mejor conecta con los gustos y los afanes de la gente. Recuerdo a vuelapluma Aquí no paga nadie, Muerte accidental de un anarquista o Pareja abierta, representadas una y otra vez no sólo por compañías profesionales sino por esos grupos de aficionados que, además de hacer pasar un buen rato, pretenden un teatro socialmente reivindicativo. Todo un fenómeno.
En El amor y la risa Darío Fo nos muestra en cinco textos su cara más erudita, así como su fascinación por aquellos personajes históricos que siembran la inquietud y desafían el poder establecido. Se sirve para ello de dos episodios históricos medievales que relata en forma de cuentos: “Eloisa” e “Historia de Mainfreda, hereje de Milán”, de un monólogo genuino de la casa: “La amansafieras”; de la recreación de un cuento tradicional chino: “Ku, el comunista utópico” y finalmente nos revela en “Los griegos no eran antiguos” algunos aspectos eruditos poco conocidos de la tramoya teatral griega muy interesantes sobre todo para aquellas personas que viven el teatro como una pasión. Además los directores de teatro que pretendan abordar el montaje de una obra de Aristófanes, Eurípides o Sófocles deberían leer previamente este texto que les va a aportar claves para hacer su trabajo no tanto con fidelidad a los textos como al espíritu que emana de ellos. Sin embargo estas reflexiones eruditas sobre el teatro griego acaso resulten prescindibles para el lector ávido de literatura.
Tanto “Eloisa” como “Historia de Mainfreda” nos presenta unos personajes históricos que desafían las leyes del poder religioso, es decir, del poder, puesto que, en aquella época se confundía. Hay un cierto paralelismo en ambas pese a que la primera se desarrolla en Francia y la segunda en Milán. Me ha resultado más cautivadora “Eloisa” por estar narrada en primera persona por su protagonista.
“La amansafieras” es un monólogo descacharrante, con todos los ingredientes propios de la casa Fo que nos presenta una domadora que, como en las viejas fábulas, se sirve de los leones, los tigres, las cebras o los cocodrilos para hablar de las pugnas y contradicciones del hombre, es decir de la lucha entre hombres y mujeres. Un feliz divertimento digno de ser puesto en escena por una actriz animosa y combativa.
“Ku, el comunista utópico” es un relato basado en un cuento popular chino que nos presenta a un bribón, un pícaro ganapán envuelto en mil trapacerías e irreverencias al que, finalmente, vaya por Dios, le acaban cortando la cabeza que sale volando en una cometa.
—¿Pero vuelan las cabezas? –se pregunta el narrador.
Y acaba el relato:
—Pues claro, era un comunista utópico.
En fin, he aquí al viejo maestro Fo, al trasgresor secular que bebe del espíritu del alma popular, también al erudito fisgón y meditativo en su salsa.

jueves, abril 16, 2009

Guerra y lenguaje, Adan Kovacsics

Acantilado, Barcelona, 2008. 162 pp. 14.42 €.

José Luis Gómez Toré

Si todavía alguien cree que el lenguaje no es un arma de destrucción masiva, debería leer este libro. Con Guerra y lenguaje, Adan Kovacsics (Santiago de Chile, 1953) se sitúa en la estela de obras como LTI. Apuntes de un filólogo de Victor Klemperer (que significativamente Kovacsics tradujo al castellano) o Lenguaje y silencio de George Steiner, si bien, en Kovacsics, a diferencia de estos autores, el acontecimiento histórico que da pie a una reflexión sobre la relación entre el lenguaje y el poder no es el nazismo sino la Primera Guerra Mundial. No obstante (como también sucede en la primera parte del libro de Steiner ya citado y en buena medida también en el de Klemperer sobre la lengua del Tercer Reich), el autor nos lleva más allá de los hechos históricos concretos, entre los que cabe destacar la existencia, durante la Gran Guerra, de un Cuartel de Prensa en el que varios escritores trabajaron para crear textos propagandísticos en apoyo al ejército austro-húngaro. La Viena de principios del XX y la Gran Guerra son dos elementos constantes en el libro, pero el autor no se impone ningún límite espacio-temporal y así acaba conduciéndonos hasta la guerra de Irak, pasando por supuesto por el Holocausto y el nazismo. Hay en estas páginas una lucidez que no se conforma con interrogarnos sobre el papel que desempeña el lenguaje en cualquier guerra, sino que acaba preguntándose asimismo por esa tendencia, que parece imparable en nuestros días, consistente en reducir el lenguaje a instrumento, a periodismo y propaganda.
Precisamente esa renuencia a convertir la lengua en instrumento y la tentación del silencio la hallamos en buena parte de los nombres que se dan cita en estas páginas: Hofmannsthal, Benjamin, Celan, Rilke, Kraus, Wittgenstein, Kafka... Como ya en su día hiciera Adorno, Kovacsics encuentra constantes nexos de unión entre la instrumentalización constante del lenguaje (aun cuando dicha instrumentalización se haga en aras de objetivos loables o, en apariencia, inocuos) y la violencia latente que despierta ese intento de sumisión de la palabra: «En la primera guerra gran industrializada, la relación del lenguaje propagandístico con la contienda es la propia del lenguaje con la mercancía. También se puede formular a la inversa: la relación del lenguaje con la mercancía es la propia del lenguaje propagandístico con la guerra».
La posición de Kovacsics ante esta relación con la palabra, que «desprecia su plenitud y le asigna un papel secundario», se refleja en la compleja estructura de su libro, que se desarrolla en varios planos (lo general y lo particular, lo literario y lo filosófico, lo narrativo y lo ensayístico...) que se cruzan y se suporponen. Pareciera como si la inclusión de paisajes narrativos, que rompen en apariencia con la unidad del ensayo, respondiera a ese deseo de dejar a la palabra en libertad, de no enconsertarla en una tesis, en una intencionalidad que desprecia las posibilidades siempre inesperadas del lenguaje. Quizá uno de los elementos más interesantes de Guerra y lenguaje sea esta atención a la realidad ambivalente de la palabra. El lenguaje no sólo esconde un germen siempre latente de violencia, sino también un espacio posible de libertad y de conocimiento.

miércoles, abril 15, 2009

Sal, Manuel García Rubio

Lengua de Trapo, Madrid, 2008. 516 pp. 24,95 €

Sofía Castañón

Esta es la historia de un fracaso. Lo dice Urbano, (o sea, yo), convertido en narrador y personaje de la novela que escribe, que es más bien un guión de cine, o un desastre, que es lo que le augura la Simondebovuá, su profesora en taller literario al que acude con regularidad incierta.
Cuando un actor debe interpretar a un personaje que a su vez quiere ser actor, pero que es malísimo, de repente, actuar mal se convierte en un grado de dificultad mucho mayor. Ser buen actor actuando mal. Esta voltereta, con triple looping y mortal hacia atrás, es la que se marca Manuel García Rubio con Sal: escribe una maravillosa y extensa novela como si fuera un pésimo escritor. Y le sale, claro.
Y entonces una, toda imaginativa, piensa en cómo se podría leer esta novela siendo un pésimo lector. Supongo que entonces, lo primero que tendría que resaltar es que no tiene estilo, porque el narrador combina los registros altos, bajos y desfasados como quien masca chicle, y que además es tramposa, porque con esto de que el narrador no sabe contar —¿o era cosa de ese escritor? ya me pierdo…— nos oculta información por un tubo, y luego a ver quién es el guapo que adivina que el asesino era el mayordomo. De ser una pésima lectora subrayaría la cantidad de información inútil, que no va a ninguna parte —casi igual que en las novelas de Stephen King, en las que te relata la infancia tortuosa de un carnicero que sólo vende carne de auténtica procedencia animal y que, por cierto, no aparece en la historia más que para vender esa carne legítima—, que nos cuela un fragmento de una escena porno a lo Decamerón, con monjas y felación incluida. No diría nada, seguro, de la arquitectura del relato, del talento para crear personajes, de la relación entre el cómo se cuenta una historia y el cómo se suceden las historias. No me pararía ni un segundo a buscar la conexión entre el retrato de una generación que superada la transición transitan sin superarse y la crónica de la vida reciente de una región desahuciada como es Asturias. Y ni mú, oiga, sobre el uso magistral de la ironía, que deja una sonrisa permanente en el lector, que mantiene el pulso y nunca explota en carcajada, porque con el ruido parte del chiste siempre se pierde.
De ser una lectora mala, y para este Stanislavsky he encontrado referentes, me llevaría las manos más canónicas a la cabeza pensando que si una novela ha de ser un espejo en mitad del camino, García Rubio lo fragmenta y así nadie –vamos, ningún lector, que era de lo que hablábamos- se aclara. Ni por la cabeza se me pasaría la idea de que un espejo puede ser también una masa densa, maleable, algo así como un lago que se deje abrazar y nos devuelva, al mismo tiempo, el reflejo a su antojo.
La mala lectora, muy mala ella, no se asomará después por el blog del autor para asistir a un «entre bambalinas» de la novela. La mala lectora andará por ahí muy resentida, y la pobre no habrá disfrutado ni la décima parte que servidora con esta novela. Y, si usted tampoco es malo, entenderá lo que quiero decir.

martes, abril 14, 2009

Limaria y otros poemas de una nueva Arcadia, José Antonio Sáez

EH Editores, Jerez, 2008. 107 pp. 12 €

Pedro M. Domene

Limaria es un espacio físico que impresiona por la inusitada belleza de su desnudez paisajística y por la plasticidad sus colores, un lugar enclavado entre las pequeñas poblaciones rurales de Los Higuerales y La Alijambra, localizado, geográficamente, en la provincia de Almería, pero que de la mano del poeta se convierte en una especie de nueva Arcadia donde aún son perceptibles, por esa magia del recuerdo, ciertos aromas de la infancia, donde aún se oyen murmullos del pasado, y sobresalen las costumbres ancestrales, caprichos que nos devuelven a ese territorio remoto de la inocencia perdida, esa que una vez fue y nunca hemos olvidado; también, es la voz y la plegaria de un poeta de la tierra, José Antonio Sáez (Albox, Almería, 1957), que publica Limaria y otros poemas de una nueva Arcadia (2008), y alcanza así una dimensión de realidad vivida donde, voces y expresiones, se conjugan en una reminiscente recreación sobre los alientos de ese tiempo pasado.
El poeta José Antonio Sáez ha intensificado su presencia en el panorama poético durante estos últimos años desde que hace casi tres décadas publicara Vulnerado arcángel (1983), obra a la que, de una forma regular, han seguido, La visión de arena (1987), Árbol de iluminados (1991), Libro del desvalimiento (1997), Liturgia para desposeídos (2001), La edad de la ceniza (2003), Lugar de toda ausencia (2005), para concluir en proyecto poético de mayor calaje, Las Capitulaciones (2007), y, en cierto sentido ofrecer, en una red de círculos cada vez más amplios, su visión del mundo y del conocimiento humanístico y clásico, como conceptos que gravitan en una profunda hondura del ser, del hombre que sufre, ama, recuerda y sobrevive a su propio desastre. Como todo buen poemario, Limaria... se estructura, arquitectónicamente, en dos libros, el primero con el título general del mismo: el poeta se identifica con la belleza del lugar, («Antorcha de cal viva, la más humilde y pura, »), entrevé el alma del mundo, muestra y se instala en la realidad («aquí vengo a morir, bajo un manto estrellado, /en la noche del mundo y entre luces de frío»); y el segundo, titulado en una suerte de fortuna, «Los brazos en el aire», muestra la ingravidez, el deseo de reintegrarse a la tierra, los brazos anhelan esa mutación humana de convertirse en alas y asumir esa conmemoración del cuerpo, radiante región encendida, para celebrar la unión de la carne. Fuego y lluvia se convierten en esa semilla celeste que fecunda esa región cálida, desértica en el Sur del país. El poeta despliega símbolos e imágenes que recuerdan existencias anteriores; todo en su justa armonía, utilizando un verso de musicalidad e imágenes desveladoras que se traducen en heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos («La eternidad es el instante/ en el que, henchido, el ser/ se abandona y diluye/ su entidad en el cosmos/». El tiempo se convierte en esa percepción inmóvil de las cosas, en el disfrute del instante vivido, para concluir, en una tercera parte final, del segundo libro, «Luz en los atrios» y así conjugar la palabra poética, como esa única redención a que como lectores podamos interpretar la voz del poeta, que nos muestra sus secretos, el microcosmos contemplado en la misma palma de la mano o, como sugiere, el propio José Antonio Sáez: «Abres los brazos a la brisa leve/ y te abandonas al luciente espacio».
Las palabras del almeriense buscan acrecentar una visión del mundo, su voz emerge de la experiencia tanto vivida como literaria, del deslumbramiento de su existir y de su propio desvalimiento, de la admiración secreta de cuanto envuelve al poeta, su sentir de la poesía auténtica y verdadera, de su poder de la memoria, como auténtico perfume del alma, aflicción en suma, o incluso deseo ahora satisfecho, y en cierto sentido, espejo donde, inexcusablemente, vemos todas las ausencias, «la soledad tendrán por compañera/ y la locura rondará sus predios.»

lunes, abril 13, 2009

La casa de los encuentros, Martin Amis

Trad. Jesús Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2008. 264 pp. 17 €

Pablo Gutiérrez

Acabo de terminar de leer La casa de los encuentros, y no quiero que se me escape la emoción y el bocado de la última página; por eso acudo rápido al cuaderno y sobre la contraportada escribo esta nota muy apresurada.
Primer apunte: Amis escribe como yo deseo escribir (y lo leo traducido, mi inglés apenas me alcanza para alguna simplicidad). Quiero decir, con esas paletadas de ideas y de imágenes que yo no tengo; dije imágenes, sí (no me atrevo a hablar de su prosa sin haberlo leído en inglés, aunque pueda entreverse detrás de la traducción), pero sobre todo me refiero a sus ideas, los carros de ideas que te vuelca a los pies para que hurgues en ellas y te manches los zapatos y elijas algunas para llenarte los bolsillos. ¡Hay tantos escritores (y muchos de mis favoritos) que ni siquiera manejan una sola idea!, una idea cabal e integrada en el discurso, en este caso en la novela, una idea que pueda distinguirse detrás de todo, entorno a todo, una idea que, como se decía antes, forme algo parecido a una tesis.
¿Recuerdan las novelas de tesis, ese concepto que aprendimos en los manuales de literatura? Los profesores hablaban de novela de tesis cuando nos hacían leer a Baroja o a Galdós, y después de las truculencias minuciosas del primero o de las lentitudes del segundo se nos decía: pues todo eso lo escribió este señor para demostrar tal cosa (y en tal cosa poníamos: la imposibilidad de un orden justo, la decadencia de la sociedad del XIX, el opresivo sistema de clases, el caciquismo, etcétera).
Pues bien, La casa de los encuentros es una novela de tesis, muy distinta de El libro de Rachel, Dinero, Campos de Londres o Perro callejero. En éstas, las ideas circulaban en zig-zag, atravesaban a los personajes, cogían al lector de los carrillos y trepidaban en un alegre desconcierto muy cómico, muy brillante, muy ingenioso. En cambio, las piezas dispuestas por Martin Amis en La casa de los encuentros tienen un objetivo, son un vector dirigido a la demostración de una idea, de una tesis, como hacían los viejos abueletes de la literatura pasada. La tesis es: qué enorme traición cometió la izquierda de acá (acá quiere decir la Europa formal), qué ceguera quiso inflingirse al mirar hacia otro lado para no ver la carnicería que se cometía en la Unión Soviética. Y aquí se adjunta con un clip el monstruoso Archipiélago GulagSolzhenitsyn ya describió con minucia esas fauces que se tragaron millones de cuerpos, y la novela de Amis no tendría sentido sin Solzhenitsyn—; pero también se adjunta, porque es indivisible, aquel Koba el Temible con el que el mismo Amis nos noqueó hace algunos años. Koba el Temible... recuerdo que no dejé de anotarlo y subrayarlo y de sentir rubor por todas esas cosas que no sabía, todo ese universo que no conocía, que no imaginaba, ni siquiera después de leer, por ejemplo, La broma de Kundera, porque la magnitud de la crueldad, el dolor y la desesperación se me escapaban, las proporciones eran irreales.
Segundo apunte: no hay duda, La casa de los encuentros parece una novela construida a partir de la digestión de Koba el Temible. Si en Koba... el autor describía la crueldad y la carnicería genocida de Stalin con la forma de una biografía, en La casa... acerca su lupa a la historia de dos hermanos sepultados en uno de los campos de concentración con los que el padre de todos los rusos quiso limpiar las llanuras, ya saben, con ese modo suyo tan delicado de hacer las cosas. Recurriendo otra vez a un concepto de antiguo manual de crítica literaria, aquí se enfrentarían las nociones de Historia y de intrahistoria: Historia en Koba..., intrahistoria en La casa de los encuentros.
Tercer apunte: como espera el lector de Guerra y paz, la narración de Martin Amis trasciende al escenario histórico en el que transcurre y cobra valor por el propio relato y por la construcción de los complejos personajes, con independencia de que eso ocurra durante las guerras napoleónicas o durante el terror soviético. Las descripciones de los grados del dolor y la tortura en el gulag son sobrecogedores, te revuelven y te revientan, pero el verdadero dolor se produce dentro de ti cuando Amis consigue que entiendas que todo ese tormento no se produce en el interior de un gulag, sino en el interior de dos seres concretos, vivos, carnales, próximos, ciertos.
Martin Amis: no puedo decir nada más de él. Comencé a leerlo tarde, hace un par de años, tarde y al revés, desde Perro callejero hasta El libro de Rachel, y aún no sé decir qué contiene su literatura, cuál es su fórmula, el ingrediente. Aunque haya un estilo recurrente en sus novelas, tengo la sensación de que Amis sería capaz de escribir fácilmente con cualquier otro tono, impostando una voz diferente. Cualquier libro podría ser el próximo de Martin Amis; cualquier libro que te sacuda, que te inquiete, que no olvides, como La casa de los encuentros.