viernes, enero 29, 2010

Solo con invitación: La noche de los tiempos, Antonio Muñoz Molina

Seix Barral, Barcelona, 2009. 958 pp. 24,90 €

Coradino Vega

Parece que las tendencias se repiten. Hace unos días, en uno de esos artículos que contagian tan bien la curiosidad por el aprendizaje, Antonio Muñoz Molina ironizaba así sobre la losa que supusieron la ideología y la vanguardia en su primera juventud: «La literatura tenía que ser un arma en la lucha contra la dictadura y el capitalismo; la literatura tenía que romper con las convenciones burguesas del costumbrismo y el realismo, con la utilería decrépita de los personajes, de los argumentos, hasta de la sintaxis, todo tan muerto como la pintura figurativa después del triunfo irrevocable de la abstracción, o como la música melódica desacreditada por la atonalidad. A uno tenía que remorderle la conciencia por haber leído alguna vez con emoción a Galdós o a Miguel Delibes». Sustituyan «dictadura» por «democracia», «globalización» o cualquier otro tipo de palabra al uso, y les sonará de algo. En los últimos años, Muñoz Molina se ha convertido en el blanco de los dardos de ciertos «modernos», radicales e intelectuales de distinta condición, como si él solo tuviera la culpa de todos los males que aquejan a la literatura española consagrada. Para alguien que debe tantos momentos de dicha o incluso el despertar de su vocación a este autor, resulta doloroso comprobar la malevolencia y el resentimiento de algunos críticos o bloggeros que tan a menudo confunden el insulto con la lucidez, permitiéndose el lujo de reconocer, en este caso, no haber leído ni siquiera El jinete polaco. Pero lejos de amilanarse, Muñoz Molina (quizás al margen de todo lo comentado, quizás no) ha escrito una novela de una valentía, una honradez y un rigor documental dignos de reconocimiento.
Como ya sabrán por su cobertura mediática, La noche de los tiempos narra una historia de amor que transcurre poco antes del estallido de la guerra civil, el clima político que la propicia (cuestionando su repetida inevitabilidad), e incluso cómo fueron sus primeros meses en un Madrid aún no del todo sitiado por las tropas de Franco. Sus presupuestos literarios parecen un compendio de toda la narrativa muñozmoliniana: hay tantos detalles de gran parte de su obra que, más que repetirse, uno se queda con la sensación de que La noche de los tiempos sirve de epítome de una manera de entender la literatura y el mundo bien definida en el reverso de la cita con la que abríamos esta crítica. El dominio de la prolepsis en una estructura que lo ensambla todo con una oportunidad de puzle primorosa, unida el estilo magnetizador de la prosa con la que está escrita, lleva en volandas al lector desde la primera hasta la última línea. Más dudosa quizá son las disrupciones de una cervantina primera persona (excesivamente explicativa, a mi juicio), que inventa y se empeña en recrear los detalles de una historia que pretende así evitar la retrospección, pero que rompe el mágico pacto entre lector y autor que supone un narrador invisible como, por ejemplo, en Vida y destino. Por su parte, los personajes oscilan entre la maestría configuradora del profesor Rossman al tipismo de algunos de los familiares de Adela (cuya carta, tan deudora de Cinco horas con Mario, la dota, a ella sí, de una mayor complejidad y sustancia humana). La descripción casi naturalista de estos últimos y de ciertos ambientes de Madrid (en las que el homenaje a Galdós va más allá de su literal presencia) queda compaginada con las emocionantes reconstrucciones biográficas del origen de los dos protagonistas, Ignacio Abel y Judith Biely, más influidas quizás —sobre todo la de la segunda— por la narrativa judía norteamericana. Puede que haya quien vea en toda esta realización (la historia de amor, los diálogos, las conversaciones entre amantes o algunas políticas) un peligroso deslizamiento hacia el cliché y el sentimentalismo, pero el conjunto de la obra es tan sinfónico y pertinaz que todo queda bastante diluido cuando no es la propia dignidad de lo que se nombra su mejor valedora.
Antonio Muñoz Molina publicó una novela en 1986 sobre la memoria histórica cuando no estaba nada de moda hacerlo; rastreó el desarraigo del exilio y el holocausto en Sefarad mucho antes que autores como Juana Salabert o Adolfo García Ortega; y ahora se atreve con una desmitificación de la II República que, a buen seguro, levantará ampollas en la izquierda acomodada en sus convicciones más férreas. El protagonista de La noche de los tiempos, Ignacio Abel, es un socialista republicano que asiste con idéntico espanto a los desmanes e irresponsabilidades de los dos bandos. No se trata de revisionismo, sino de un necesario examen de conciencia desde la lealtad sentimental al proyecto racional y modernizador que nació el 14 de abril de 1931. Toda la novela es una mezcla de destino personal con destino histórico, un vaivén entre la esfera de lo público y de lo privado. ¿Qué hubieras hecho tú en un momento como ése? ¿Cómo reacciona una persona normal ante la avalancha de la Historia? ¿Hasta qué cierto punto las ideologías, con su explicación total del mundo y su promesa de paraíso sobre la tierra, no nos encaminan hacia el desastre? Ignacio Abel es un arquitecto de extracción humilde formado en la Bauhaus, un hombre desapasionado (hasta que se topa con Judith) que, como su amigo Juan Negrín, cree en la reforma agraria más que en los planes quinquenales, en la alimentación saludable más que en La Internacional, en la ropa limpia más que en el mesianismo. Y de repente, casi sin darse cuenta, sin hacer mucho caso a las evidencias presagiadas por el profesor Rossman, arrebatado por el amour fou y su consiguiente estado de culpa, se encuentra con el horror, con la prueba de que las cosas sólidas y difíciles de construir pueden ser destruidas muy fácilmente. Él, que no es un revolucionario, se dará cuenta, ya en el exilio, que «ellos merecen perder pero nosotros hemos cometido tantas barbaridades y tantas estupideces que no nos merecemos ganar». De esta forma, ante las repetidas «dos Españas» de Machado, Abel parece encarnar esa tercera España, la peregrina, mucho más cercana a Arturo Barea, Chaves Nogales o Pedro Salinas que a Rafael Alberti o Bergamín, dos personajes que no salen bien parados en la novela por comparación con los de Negrín o Moreno Villa.
La noche de los tiempos es, en definitiva, un monumental acto de decencia intelectual, un libro necesario para comprender el absurdo banderismo secular de la política española y la contextualización europea de su conflicto más sangriento, un arma cargada de sentido común para quienes sigan justificando la violencia en el nombre de una idea, y una novela de la que (por todo eso) quizá no se reflexione mucho en este país pero que, casi con toda seguridad, tendrá una calurosa acogida más allá de nuestras fronteras: en Nueva York, por ejemplo, donde transcurre parte de su historia y donde autores como E.L. Doctorow hacen con asiduidad lo que aquí sólo se ha atrevido a hacer Muñoz Molina.

Antonio Muñoz Molina: "El desaliento me acompaña cada día en mi trabajo"

—En Días de diario decía usted, puede que irónicamente, que en España se le estaba empezando a considerar “un novelista venido a menos”. Después de tres años de trabajo, ¿se ha tomado quizá La noche de los tiempos como una forma de revancha para recuperar su “buen nombre”?
—No era irónico. Un crítico había escrito eso de mí, y me sentí muy dolido. Cuando uno recibe críticas negativas siempre teme que en el fondo tengan más razón que las positivas. En cualquier caso, las novelas no se escriben para tomarse la revancha de nada. Bastante difícil es ya escribirlas. Una novela quizás sea el encuentro entre una idea narrativa y una profunda necesidad interior.

—Philip Roth habla de la indignación que le empuja a escribir una novela. En su caso, ¿de dónde provino la necesidad de examinar el tiempo en el que transcurre la suya de la forma en que lo ha hecho?
—Hay varios factores que yo puedo identificar, aunque es probable que el impulso mayor para escribir una novela sea inconsciente. En primer lugar, ese mundo español y europeo de la gran crisis de los años 30 me ha apasionado siempre. He escrito y leído mucho sobre él, y tengo una familiaridad bastante detallada con sus estados de espíritu, su estética, su vida cotidiana. También había algo que a mí me ha interesado mucho siempre, que es la indagación en la pasión amorosa entre hombres y mujeres, especialmente mujeres emancipadas y muy conscientes de su propio albedrío, que son las que a mí me gustan. Algo más fue apareciendo, con lo que yo no contaba al principio: la paternidad, el modo en que un niño ve desde cerca pero desde fuera las lejanías y las rarezas de su padre. También creo que hay dos factores políticos, uno la alarma que me produce desde hace años la brutalidad verbal de la política española, incluyendo en ella a esos comentaristas en los medios que se dedican por sistema a echar gasolina al fuego; el otro factor, la frivolidad gubernamental sobre la república y la guerra civil, la manipulación en forma de tebeo sentimental de una historia terrible. Todo eso, muy mezclado.


* Para leer la entrevista completa y exclusiva para la Tormenta, haz click AQUÍ

jueves, enero 28, 2010

Cuentos completos, Robert Louis Stevenson

Trad. Miguel Temprano García. Mondadori, Barcelona, 2009. 956 pp. 36,90 €

Julián Díez

En ocasiones, el reseñador es poco más que una hormiga aproximándose a un apacible elefante. ¿Cómo vengo yo a pretender añadir algo nuevo a una obra fundamental para entender la narrativa moderna, como es la de Stevenson? ¿Qué luz puedo aportar para entender textos que son en sí diáfanos, dinámicos, hermosos, y tan representativos de cuanto ocurrió en el periodo en el que se hornearon los mecanismos de la prosa contemporánea?
Porque no voy a caer en la tentación de decir que aquí está todo, pero… Juzguen ustedes mismos. Los relatos agrupados en Más Mil y una Noches forman, junto con La isla del tesoro, el corazón de la narrativa de aventuras clásica, la fuente primigenia de tantos desde Conrad hasta Pérez Reverte pasando por Salgari y Waltari; es más, la forma en que trabaja Stevenson abre la puerta a la legitimación de los géneros populares en el seno de la gran cultura, en un legado que convirtió en indiscutile Jorge Luis Borges. También se abre aquí la puerta al terror contemporáneo, no sobrenatural, con el inolvidable El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, que junto a “Mirkheim” retoman y consolidan la idea dostoievskiana de que el primer monstruo es, sobre todo, el hombre. Y en los Cuentos de las noches de las islas, junto con sus libros de viajes, Stevenson da el paso de afrontar los argumentos sobre otras culturas sin prejuicios, con el narrador inserto en una civilización distinta con empatía y verosimilitud.
Todos estos logros, insisto, se alcanzan desde obras más que legibles hoy en día, amenas. Y poco más hay que añadir, salvo que hay otros relatos aquí —El diablo en la botella, Olalla…— que son obras maestras perdurables.
Sin embargo, sí que hay algo importante que decir sobre este libro, por añadidura. Hablemos, por una vez, del continente. Esta es la mejor edición posible para disfrutar de estos textos. Tanto la traducción de Miguel Temprano como las ilustraciones de Alexander Jansson ofrecen el marco óptimo para el disfrute de las historias. El volumen es grueso pero cómodo, está cuidado en cada detalle, se le percibe como un compañero para siempre.
En una era en que se debate sobre el libro digital, sobre el posible precio de los textos en sí, está claro que para vende una obra descatalogada como son estos cuentos hay que ofrecer valores añadidos. Este libro los tiene todos: es un objeto hermoso, en el que todo contribuye al inigualable placer de la lectura. Cuando la industria afronta un futuro incierto, mi impresión es que estos volúmenes para amantes del libro, estas piezas que uno se llevaría a la isla desierta del tópico, tendrán por mucho tiempo un hueco. Y contra la marea de las modas, cada vez más difícil de seguir y menos satisfactoria, lo clásico es un refugio tentador.

miércoles, enero 27, 2010

La herencia del olvido, Reyes Mate

Pref. Catherine Chalier. Premio Nacional de Ensayo 2009. Errata Naturae, Madrid, 2008. 228 pp. 15.90 €

José Manuel de la Huerga

Reflexionar sobre cómo se nos ha contado el cuento de nuestra civilización y proponer otra forma posible de contarlo, desde los ojos de los perdedores, se llamen judíos expulsados de Sepharad o de Alemania, amerindios exterminados a la llegada de los conquistadores (y después), o hispanohablantes que se proponen hacer filosofía, más allá de la Ilustración y de Hegel, rompiendo los convencionalismos del pensamiento único triunfador: ese ha sido el intento (y la consecución) de este ensayo de Reyes Mate, denso y dinámico, en diez momentos concatenados.
Es posible encontrar el eje vertebrador que conduzca una cierta pluralidad de pensamientos desde el discurso de los desaparecidos, los humillados de la historia, los ignorados a los que Hegel llamó florecillas del camino que a veces era necesario pisar para que el progreso avanzara.
Para provocar un punto de inflexión entre ese progreso galopante y la historia triunfal que lo refuta, Reyes Mate se vale de la voz de los filósofos judíos del Nuevo Pensamiento, Walter Benjamin, especialmente. Es deber moral de las conciencias políticas occidentales arrastrar al presente la memoria desvalijada del pasado de los vencidos, hacerla justicia para que un nuevo tiempo de redención, de Mesianismo construya otro discurso en política.
Los territorios morales y éticos por donde circula el filósofo español son para mí sorprendentes y turbadores. Alguien de formación religiosa que haya abandonado la religión de sus padres, puede encontrarse incómodo en una lectura donde se revisa el léxico judeo-cristiano a la luz de una nueva conciencia moral y política. De esa incomodidad que avanza con cautela por el velado territorio entre razón y sentimiento, filosofía y teología, nace una propuesta de examinar la realidad: la relación con el pasado atragantado de la historia, la voluntad de no volver a repetir los mismos errores, de no condenarnos a repetir la misma historia, en palabras de George Santayana.
Reyes Mate se sitúa en un lugar privilegiado del paisaje español. A un lado Latinoamérica, sus generosas relaciones con los filósofos españoles del exilio, los mexicanos que los acogieron, el deseo de todo la comunidad hispana de filósofos de encontrar un voz propia en español, capaz de repensar el mundo más allá de la razón ilustrada, el progreso y las doctrinas irracionalistas. Y ahí está el logro de la EIAF, la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía. O la lectura de una construcción distinta del mundo a través de la Biblia fundacional de América Latina, Cien años de soledad.
A otro lado los judíos. España y los judíos. El pensamiento judío de la primera mitad del siglo XX alumbrando zonas oscuras y muy peligrosas de la historia. Kafka dibuja un hombre perdido, derrotado, fragmentado. Hillesum pretende salvar lo que de divino queda en el aberrante hombre de los campos de exterminio. Benjamin, hijo del materialismo histórico, da a luz una de las teorías del conocimiento más provocadoras. Entender, asimilar, no repetir la barbarie desde una universalidad negativa, como el negativo de la fotografía de los vencedores, el otro lado, lo que no se ve, pero está. El negativo de la foto resalta lo que se ha perdido y ahí el presente lo puede recuperar para hacerle justicia, con su memoria. La memoria privada hecha común puede reconducir la historia de los vencedores, teniendo en cuenta a los vencidos, rehabilitándolos y asumiendo su mirada moral sobre el mundo, mirada sin la cual ningún hombre está completo.
Y el tercer valle al que nos asoma es fronterizo de los anteriores: las relaciones entre religión y política, en la actualidad. De nuevo a la luz de filósofos alemanes y judíos: ¿mantener los logros sociales alcanzados o acelerar el final de la historia hacia otro mundo posible? Ahí aparece la figura señera de Pablo de Tarso, el catalizador del judaísmo hacia la Europa del logos griego.
Ahora que empieza a pesar el fracaso de figuras como el Estado del bienestar, el nacionalismo y las distintas formas gruesas de la Universalidad de Pensamiento único, ¿habrá salida?

martes, enero 26, 2010

La novela del adolescente miope y Gaudeamus, Mircea Eliade

Trad. y prólogo de Marian Ochoa de Eribe. Impedimenta, Madrid, 2009. 520 pp. 26 €

Alba González Sanz

La faceta novelística de Mircea Eliade (1907-1986) queda lógicamente oscurecida por su ingente labor como estudioso de las religiones. Tampoco era fácil, hasta la publicación por Impedimenta de sus dos novelas autobiográficas, acceder a un par de títulos sorprendentes en su producción por diversas razones.
Lo primero que puede llamar la atención del lector que se acerque a La novela del adolescente miope y a Gaudeamus es la tempranísima edad en que fueron compuestas, por un Eliade que apenas iniciaba su carrera universitaria y que demuestra en las quinientas páginas del conjunto la seguridad de quien se sabe poco menos que un genio. Incomprendido y tremendamente joven, pero genio al fin y al cabo.
En efecto la primera de las novelas es la narración autobiográfica de sus últimos años de instituto, previos a la universidad y construidos desde un recurso eficaz: Mircea Eliade narra sus planes para escribir una novela que llevará por título el del volumen que el lector tiene en sus manos. Plantea enfoques, personajes que son la disección de sus amigos, su propio papel en el texto… A sus 17 años expone de esa manera doble su más inmediata realidad: cuenta su vida a la vez que la vida que pretende relatar en la ficción.
Los momentos de brutal sinceridad con uno mismo que este plano combinado ofrece son salvados del drama a través de la fortísima ironía del autor. En el fondo, sabe que él mismo es su mejor personaje y no duda en juzgar el doble papel que mantiene ante sus compañeros, a los que no puede evitar considerar inferiores. Ante la tendencia de sus amigos por hacerle confidencias (al fin y al cabo el es feo, miope y cultiva una pose de taciturno y reservado) se descuelga con metaliteratura: «Todo el mundo intenta presentarse ante los otros como alguien más original de lo que verdaderamente es: hacer que lo admiren o que lo compadezcan».
Sus lecturas, sus primeras experiencias sexuales, su hiriente y sempiterna misoginia, algunos conatos de ideología política que en el futuro no le jugarán buenas pasadas, la vida en el instituto y sus miedos y complejos, completan unas páginas que concluyen con su acceso a la universidad para estudiar filosofía. No se queda el lector sin saber las peripecias de su siguiente etapa: Gaudeamus es la historia de su vida en la universidad, quizá más interesante porque su formación intelectual y sus querencias políticas desplazan un poco la importancia de novela de formación que tiene su otro libro. Además, las relaciones afectivas y las emociones se hacen más complejas y por ello se acentúan en el estilo la crudeza y la ironía, toda vez que sigue manejando férreamente la propia estructura autobiográfica que ha elegido.
En definitiva, un volumen que supone una curiosidad para los interesados en el Mircea Eliade sabio, pero también dos novelas de formación adolescente muy bien estructuradas y contadas. Con el aliciente, no poco llamativo, de situarse en la Rumanía previa a la II Guerra Mundial y ofrecer al lector de forma indirecta pero persistente, el clima cultural y político de la Centroeuropa de entreguerras.

lunes, enero 25, 2010

La noche se agita. Plume precedido por Lejano interior, Henri Michaux

Trad. Marta Segarra Montaner. Ellago Ediciones, Castellón, 2009. 444 pp. 29.90 €

Martí Sales

«Quien no acepta este mundo no levanta una casa en él», se puede leer en La noche se agita; o bien «todo es droga para quien elige vivir en el otro lado», en Plume o, también «quien mata a su loco muere sin voz», en Frente a los cerrojos (seguido de Puntos de referencia, en Pre-Textos, 2000) . Un ácrata, un creador desbordante, un explorador radical, todo eso y más era Henri Michaux, ese exbelga nacido el 1899 en Namur. Digo exbelga porque renegó de su nacionalidad en el 1955 –decía que odiaba Bélgica y sus habitantes y eso sólo es raro viniendo de un belga. También abandonó a la mitad su carrera de médico en 1919 para embarcarse durante tres años como grumete en un barco que iba a Sudamérica. Al acabar el periplo se fue a vivir a París, donde entró en contacto con los surrealistas para, acto seguido, hacer la suya completamente. Allí se quedó prendado de Max Ernst y Paul Klee: no tardaría en empezar a pintar, y lo hizo tan bien como escribir: sus pinturas están colgadas de las paredes de los museos más famosos.
Muy joven, en pleno apogeo surrealista, escribió sus primeros libros de poesía, ya llenos de una fuerza y personalidad que le acompañarían toda su vida y le granjearían la admiración de escritores como Octavio Paz o Jorge Luís Borges. Un poco más tarde publicó libros de viajes. Su experiencia ultramar le salía por los poros y la encauzó. En los años cuarenta siguió escribiendo libros de viajes, pero esta vez, inventados: países imaginarios poblados de seres también imaginarios, rienda suelta a su poderosísima imaginación pero no ejercicio de estilo. Todos sus textos, toda su obra, está sostenida por un afán de conocimiento y cuestionamiento de la realidad sin tregua. Sus textos aforísticos –y también los otros, en menor medida, o menos evidentemente– son pura enseñanza y reflexión, puro koan, atajos hacia el deslumbre cognitivo. A los cincuenta y cinco años decide tomarse mescalina y escribir sobre los estados alterados de la conciencia. Da a luz una de la series de libros más inspirados y lúcidos que se hayan escrito jamás sobre el tema.
Ellago Ediciones y Marta Segarra (la traductora y prologuista del volumen) se han encargado de publicar un libro con esmero, gusto y especial atención al texto, trabajo sólo equiparable al también magnífico volumen que sacaron Pre-Textos en 2000, arriba citado. La noche se agita. Plume precedido por Lejano interior es una excelente manera de entrar en el mundo increíble y apasionante de Michaux (quizás debería dar un par de nombres cercanos a su mundo para contextualizarlo: serían Boris Vian, Lautréamont, Oliverio Girondo y Lao-Tsé). Se trata de dos libros escritos en los años treinta y reescritos en los sesenta. Encontramos textos en prosa, poesías, piezas de teatro y un solo personaje, Plume, una de sus grandes y más conocidas creaciones. Plume es la expresión mínima de un personaje, casi una excusa, ¡pero con qué entidad, por pequeña que sea!. Plume es, como su nombre indica, ligero y fútil como una pluma, como la aria famosa de Rigoletto. La vida le pasa por encima y hace con él lo que quiere. Su existencia es extremadamente desgraciada y las circunstancias que le depara la escritura de Michaux la hacen absolutamente tragicómica e hilarante. Un solo ejemplo: Plume decide irse de viaje a Berlín. Al salir de una estación de tren una mujer madura le aborda y le propone acostarse con ella, aduciendo que es madre de nueve hijos. Él se dice, bueno, aunque sea muy fea y no es de mi estilo, se tiene que ser caritativo y tendremos que hacerlo. En un instante aparecen cuatro señoras más, se lo llevan a un motel, le roban y lo violan repetidamente («Mientras no haya sangre, no hay verdadero placer», dicen las harpías). Después le dan una patada y lo tiran por las escaleras. Él concluye: «Vaya, esto se va a convertir en un estupendo recuerdo de viaje, más adelante». Ésta es una escena típica de Plume.
Si no conocéis a Michaux, yo os diría: de cabeza. Asimismo, si le seguís y ya es uno de vuestros autores de cabecera, también os lo recomiendo encarecidamente: la edición lo vale y su contenido os dará largas horas de placer y estimulación cerebral de primera calidad.