viernes, febrero 19, 2010

Nuevas greguerías, Ramón Gómez de la Serna

Fotos de Chema Madoz. La Fábrica, Madrid, 2009. 150 pp. 22 €

Ignacio Sanz

«En el diccionario todas las palabras juegan al escondite con uno». «Las palabras son el esqueleto de las cosas. Por eso duran más que ellas». «El hombre que corre en bicicleta parece que va montado en su esqueleto metálico». Resulta inagotable el gran Ramón. Por eso sigue ahí, con sus greguerías, alumbrando el camino a todos aquellos que no se conforman con narrar una historia, los que tratan de sacar punta al idioma, los que luchan por hacerlo más plástico, más elástico y saltarín. «Soñar es bailar». ¿Se puede decir con más contundencia? Difícilmente. Ramón tiene vocación de contorsionista de las palabras. Pero también le gusta el regate en corto y el pase insólito e inesperado, como esos futbolistas que, de pronto, te desconciertan porque lanzan el balón a dónde nadie imaginaba y, como pillan a todos con el pie cambiado, desencadenan una baile insólito en el terreno de juego. Así es Ramón con las greguerías. «Café: tinta para escribir pensamientos recónditos». La literatura española desde la segunda mitad del siglo XX para acá está llena de deudas con Ramón. Pienso en Umbral, su hijo putativo más directo. Y en tantos y tantos poetas. Lo cierto es que las greguerías de Ramón nos siguen atrapando.
La clave de todo nos la da la hispanista Laurie-Anne Laget en la introducción de este libro espléndidamente editado, cuando nos recuerda la descripción que el propio Ramón hace de Tristán, su alter ego: «No es un escritor, ni un pensador, es un mirador , la única facultad verdadera y aérea: mira. Nada más».
Pero qué aguda su mirada: «Metidos en la sombra estamos de luto». «La paradojas van bien al guiso de escribir como las almejas al arroz». Ya digo que resulta inagotable. Nada tan romo, tan cansino, como una realidad descrita con realismo. El idioma en las manos de Ramón de convierte en un salmón que regresa a su guarida haciendo cabriolas para remontar el curso bravo del río.
Las 150 páginas de este libro regado de greguerías están salpicadas de fotos de Chema Madoz. Las fotos de Madoz son greguerías visuales, puras paradojas desconcertantes que crean en el espectador la misma sensación de asombro que las propias greguerías. Ambos artistas viven en sintonía complementaria en ese afán por distorsionar la realidad poniendo a bailar elementos contradictorios sobre el escenario para crear una realidad nueva.
Viéndolos juntos uno piensa en la deuda que la publicidad y el diseño tienen con estos dos artistas capaces de sacar leche de un botijo, como diría una caramelera de mi pueblo de algunos miembros de la Iglesia, en feliz expresión potencialmente ramoniana.
Por lo demás, la edición es impecable; un libro que invita a ser tocado, a ser dejado sobre la mesa por el simple placer de regresar a él unas horas más tarde, a ese un manantial que no se extingue porque siempre encontramos en él una faceta nueva en esa greguería que ya habíamos leído o en esa foto de Madoz híspida, mordaz o simplemente poética. La paradoja siempre.

jueves, febrero 18, 2010

Jerjes conquista el mar, Óscar Esquivias

Ediciones del Viento, A Coruña, 2009 (Reedición). 144 pp. 14 €

Amadeo Cobas

El Jerjes de esta historia (cuyo nombre se lo puso su padre, que era “muy leído”) tiene la tierna inocencia que le causa un leve retraso mental, con una madre sobreprotectora que teme que cualquiera se aproveche y se burle de su hijo, por eso lo vigila con celo y, aunque disimule, trata de gobernarle la vida condicionando su toma de decisiones. Claro ejemplo cuando él quiere cambiar de empleo. Jerjes trabaja en la Telefónica y tiene un compañero (ambos colocados gracias a un programa de Integración) distinto a él, más avispado, que trata de despabilar al protagonista… Así será, sí, pero acaban metiéndose los dos en algún que otro lío.
Frente a este escaparate laboral, bajo las amplias cristaleras del edificio de la Telefónica, encontramos a una librera que vende libros de lance… Si quiere, claro, porque hay días en que está de especial mal humor, y se niega a vender nada, expulsando a los posibles clientes entre insultos y vituperios. ¡Vaya carácter que tiene la señora!
Nace una relación extraña, comprador-vendedor, entre Jerjes y ella, saltando chispas con los desplantes de la anciana, convirtiéndose ambos en “la loca y el tontito”, según malintencionada interpretación de los demás libreros que, estos sí, tratan de vender su mercancía sin permitirse el lujo de despreciar a los que han de pagar.
A Jerjes le regala una cámara de fotos el novio de su madre, y con cada disparo se abre un mundo nuevo para él, inimaginable. Despierta su interés por la fotografía. En blanco y negro porque su madre le dice que son más artísticas. Y se inicia su porfía con la librera a cuento de un álbum antiguo de fotos que quiere conseguir y ella se niega a vender… y que dará mucho juego en la novela.
La simpleza de Jerjes enternece al lector, se apodera de las páginas como si contempláramos un aluvión desperezándose a cámara lenta. El autor dosifica el dar a conocer las características del protagonista con la cadencia que remeda el tardo entendimiento de Jerjes, su incapacidad para decir “no”, su facilidad para aceptar lo que los mayores le aconsejan. Al fin, es un niño de 19 años.
En la batalla de Salamina el rey Jerjes (del que toma el nombre el “nuestro”) se hizo construir un alto trono desde el que oteaba el desarrollo de la lucha naval de su ejército persa contra la flota griega; el Jerjes de Óscar Esquivias dice sentirse como en la guerra mientras espía con el zoom de su cámara las ventanas del hotel de enfrente, la calle, los vendedores, mendigos, personas anónimas. El rey persa fue derrotado en este combate. En la batalla de las Termópilas, Leónidas, rey de Esparta, y sus 300 hoplitas pusieron en jaque al todopoderoso ejército de Jerjes, causándole numerosas bajas, aunque finalmente venció la batalla el más fuerte y su venganza fue cruenta; Óscar Esquivias traza la vida de un chaval sin un ápice de maldad, que se deja mangonear por todo el mundo, pero que pese a ello es feliz. No tienen nada en común ambos Jerjes. El nombre.
El tratamiento dado en esta novela a los personajes, su punto más fuerte, se resguarda con la madre de Jerjes, auténtico gigante cuidando de su retoño; se ampara en Duque, el compañero de trabajo que profiere un ¡Despierta, Jerjes! a cada instante; se enfrenta con el reto de sacar algo positivo de la librera “loca”, lográndolo con creces; y se adorna con unos cuantos secundarios bien importantes para lograr que el diálogo, cauce inmejorable y fuente inspiradora del devenir de esta historia, meza la narración con frescura y agilidad.
La imaginación desbordada de Esquivias queda patente por ejemplo en la olla a la que le dio por silbar La cucaracha con su válvula de seguridad, o en el paralelismo pretendido entre la Venus de Milo y las extranjeras varias que vienen de veraneo a España…
Se lee el libro en un santiamén, de un trago; los capítulos son breves cual intelecto de Jerjes para que lo fútil y abstruso lo digieran los osados lectores de novelas plúmbeas, rollizas y rolleras. Pone el escritor en labios de la librera ¿loca? este axioma: «Hay que huir de los libros malos: ocupan nuestro espacio, nuestro tiempo, el esfuerzo y la mente, ¡son unos parásitos! No merece la pena perder energías con ellos. Luego es muy difícil echar un libro de una casa». Este libro (reeditado primorosamente por Ediciones del Viento, felicitaciones por ello) se adueñará de su casa, lucirá en el anaquel donde lo depositen tras leerlo… antes de releerlo de nuevo. Quien está sediento y se bebe un refresco frío sacia su sed. Esta sensación tan agradable es la que deja esta historia.
Ya me contarán.

miércoles, febrero 17, 2010

La nave de los muertos, B. Traven

Trad. Roberto Bravo de la Barga. Acantilado, Barcelona, 2009. 352 pp. 22 €

Julián Díez

Escribir sobre un libro de B. Traven sin caer en la tentación de mencionar que se trata de uno de los narradores más misteriosos del siglo XX es casi imposible. Sin embargo, se trata de algo especialmente relevante cuando hablamos de La nave de los muertos, su primera novela, tal vez autobiográfica, sin duda reveladora de su ideologíao, y de las razones por las que el desconocido autor, escritor en lengua alemana, tal vez nacido en Estados Unidos, seguramente muerto en México, merece una cierta leyenda.
Porque hay indicios extraliterarios que señalan que la desventura de Gerard Gales, marinero estadounidense que queda abandonado sin documentación ni posesiones en el puerto de Amberes, es al menos en parte la de Traven durante una fase temprana de su vida. Y desde luego el posterior deambular del personaje por toda Europa, sin encontrar donde asentarse ni cómo lograr un trabajo para salir de su difícil condición, es un reflejo de las inquietudes políticas de Traven, de su desengaño de la sociedad que le hizo no sólo convertirse en un fantasma, sino defender posiciones nihilistas y pro anarquistas en el resto de su obra.
No hay esperanza para los desposeídos como Gales, que termina por recalar en un barco, el Yorikke, que tal vez sea una alegoría del capitalismo, con una situación que podría resultar chocante entonces pero que hoy es extremadamente familiar: es un buque que resulta preferible hundir, para cobrar el seguro, que utilizar. Y por tanto recalarán en él otros desgraciados como Gales, los últimos deshechos de la sociedad, incapaces ni tan siquiera de tener una identidad demostrable.
Si en El tesoro de Sierra Madre, la obra más conocida de Traven, el pesimismo se destilaba en gotas de humor negro, en esta novela es un golpeteo constante y abrumador. Empezando por la voz narrativa de la obra, una primera persona aturullada, en la que el autor se encarna en un Gerard Gales incapaz de salir de su propio desastre tanto por su entorno como por sus propias limitaciones, y que a mí recuerda por muchos motivos la demoledora narración de Knut Hamsun en su magistral Hambre.
En la segunda parte, ya en el Yorikke, la voz narrativa se asienta un tanto, pierde buena parte de los modismos en distintos idiomas que le daban sabor y brilla en cambio el relato crudo de la vida marinera, alejada de cualquier romanticismo para deslizarse en cambio a un naturalismo que acentúa el efecto dramático de los detalles siniestros.
La nave de los muertos es de esas novelas que se leen con preocupación e incomodidad, pero que no pueden dejarse por lo que supondría de traición a nuestra condición de lectores activos. No sé si la disfruté; no me arrepiento en absoluto de haberla leído.

martes, febrero 16, 2010

Libélula, Enric Balasch

Suma de Letras, Madrid, 2009. 316 pp. 18 €

Rubén Castillo Gallego

Me habían hablado con admiración de los libros de Enric Balasch, pero aún no había tenido oportunidad de leer ninguno. Así que cuando salió Libélula no quise perder la ocasión de sumergirme en sus páginas. Y la experiencia, conviene declararlo ya, me ha satisfecho. Tanto que, con carácter retroactivo, buscaré las demás producciones del autor para incorporarlas a mi catálogo de lecturas. Libélula es una obra fluida, inteligente y clásica, en el mejor de los sentidos: nos presenta a unos personajes bien hechos, dentro de una trama bien organizada, con un lenguaje bien escogido y con un final bien calculado. O sea, la difícil fórmula de las buenas novelas. En esta ocasión, Balasch nos pone ante los ojos una partida implacable de ajedrez, donde cada movimiento de las piezas obedece a un estricto protocolo enigmático: Joaquín Ayuso es un antiguo legionario de Guijo de Gredos que, tras haber perdido a la mujer de su vida mientras permanecía en el Tercio, se ha instalado de nuevo en el pueblo para dedicarse a la ganadería. Durante muchos años, su situación se ha mantenido estable, hasta que un robo sacrílego (alguien ha sustraído la original reliquia que engalanaba la iglesia del pueblo) moviliza a las fuerzas vivas de la localidad, que lo requieren para que la recupere en donde se supone que ahora está: en Madrid. Con este detonante, y con la golosina de saber que en la capital se encuentra también Ángela, la mujer que lo abandonó y a la que quiere recuperar a toda costa, el empresario se desplaza hacia la ciudad que actúa como rompeolas de todas las Españas, según dijo el poeta. A partir de ese momento es cuando Enric Balasch pone en acción todos los recursos de una excelente novela policial, con pistas que se van encadenando, personas que le suministran ciertas informaciones que Joaquín procesará e irá uniendo entre sí, deducciones lógicas que en ningún caso son forzadas más allá de lo verosímil, e incluso un misterioso antagonista que, armado con una CZ-100 con punto de mira láser, se dedica a ir tras el antiguo legionario y mata a quienes le estorban en su trayecto (el dueño de una librería, un proxeneta centroeuropeo, un antiguo policía que ahora trabaja ocasionalmente como detective). Sobre el final, por elegancia torera y por decencia crítica, no les comento nada, salvo que les resultará tan sorprendente como bien hilvanado: inquietud, tensión, pragmatismo y humor son algunos de los elementos que Balasch introduce en las últimas páginas, para deleite de sus lectores. ¿Rasgos negativos? Pues no demasiados, francamente, salvo la conversación que el capitán Soriano y Joaquín Ayuso mantienen con el psiquiatra Bartolomé Laguna en el capítulo 11 (que adolece de una excesiva cantidad de informaciones, introducidas con calzador en el cuerpo de la novela) y una cierta ñoñería en las imágenes que se eligen para definir, por ejemplo, cosas tan naturales como el orgasmo (“derramar su elixir”, “vaciar su almíbar”). Por lo demás, un libro muy digno de elogios.

lunes, febrero 15, 2010

El corazón de los caballos, Miguel Ángel Muñoz

Alcalá, Jaén, 2009. 145 pp. 14.90 €

Pedro M. Domene

La memoria resulta, en ocasiones, profundamente engañosa, repleta de distorsiones y de errores, incluso de esas omisiones y trampas que, el paso del tiempo, tamiza pero que con algo de suerte pueden convertirse en ficción y por tanto en una auténtica historia, tanto es así que estamos narrando continuamente nuestras vidas, rescribiéndolas en un devenir cotidiano. Recorremos ciertos lugares ocultos a los que no tenemos acceso y el miedo, el riesgo, lo desconocido, o el no saber, se convierten en esas fuerzas que nos empujan como si todo lo vislumbrásemos desde una superficie. Para zafarnos de esos riesgos, de esos miedos, para dejarnos envolver por lo ajeno, nos vemos forzados a explorar terrenos interpersonales bastante desconocidos y solo así hacemos frente a nuestros propios sentimientos de vulnerabilidad, de inquietud, o desesperación que solo al final logramos exorcizar. Vivimos experiencias que nos obligan a mirar muy profundamente dentro de nosotros; acudimos a nuestra intuición que nos supone una toma de conciencia que bien puede parecerse a un plano metafísico que respalda nuestra autoafirmación. Destruimos barreras de miedo como si de un auténtico desafío se tratara; y solo cuando somos honestos con nosotros mismos, observamos que esa realidad forma parte del resto de la gente, que dependemos, en cierta medida, de cierta espontaneidad y que ninguna técnica nos sirve como de una solución terapéutica.
Todo este preámbulo a propósito del libro, El corazón de los caballos, obra ganadora del II Premio Internacional de Novela Rafael Ceballos 2009, cuyo autor Miguel Ángel Muñoz (Almería, 1970), había publicado hasta el momento dos colecciones de cuentos El síndrome Chejov (2006) y Quédate donde estás (2009). El corazón de los caballos, se concreta en un juego de voces, entre las que sobresale una, con la que se irán hilvanando, en una calculada sucesión, otras historias que se superponen a lo largo del relato, aunque todas se irán completando en una visión única sobre temas tan variados como el mundo del erotismo, los amores tormentosos, el fracaso y esas exculpaciones voluntarias que, de alguna manera, justifican alguno de los muchos secretos que esconde Víctor, el personaje que se confiesa en esta narración. Una temporalidad manifiesta, desvela el proceso a que recurre el narrador para contar, durante su viaje desde el Sur hasta el Pirineo, capítulos pasados de su vida reciente y en las circunstancias en que se desenvolvieron. Este proceso narrativo resulta obvio, en un relato de iniciación como el desarrollado por la voz protagonista. El viaje sirve de ardid para desencadenar ciertos hechos de la memoria y a través de ella, el protagonista, nos descubre ciertos episodios de su pasado, al tiempo que, a medida que trascurre la narración, vislumbra un devastador final.
Roza este relato, visto desde esta perspectiva, el existencialismo francés que propugnaba el significado y la esencia de los seres humanos, su libertad y su temporalidad, es decir, escudriñaba en lo más profundo de la condición humana, y que, con el paso del tiempo, se le ha atribuido un carácter vivencial, ligado a los dilemas, estragos, contradicciones y estupidez humanas, que es lo que retrata la relación entre Andrés, un joven escritor que va a recibir un premio literario, en Asie, un lejano pueblo en el Pirineo aragonés, y Víctor, el prometedor estudiante de matemáticas, con quien ha tenido una reciente relación amorosa. Aunque emprenden el viaje, conscientes de su fracasada relación, al hilo, esa memoria engañosa apuntada, le devuelve a Víctor otros sonados fracasos: el de su abuelo, el de sus padres, una adolescente iniciación al sexo junto a Eva, la chica más guapa del instituto, incluso su futuro profesional en el mundo de la investigación de la Teoría de Códigos en el Departamento de Matemáticas de la universidad donde había estudiado, el viejo que cuenta la extraña historia del poeta portugués Manuel Miguéis, incluso el recurso de contar una historia como la destrucción de Sarajevo ante los ojos de una profesora que vive el asedio de la ciudad y la rotundidad final del desengaño en el desenlace de la novela: Inés Mara, la novelista fetiche de su compañero Andrés a quien le entregará el premio y, en su presencia, lo llevará a otra dimensión de la vida literaria. Curioso el guiño.
El corazón de los caballos es una novela atrevida, en su propia configuración y arriesgada en su estructura (dos posibles momentos enmarcados en una fecha concreta: diciembre de 1995, con oscilaciones temporales hasta un curso escolar en 1988-1989), que no permite en ningún momento la identificación de un posible lector aunque, de alguna forma, pueda sentirse atraído por cómo se desarrolla la narración y las sucesivas tensiones a las que el novelista somete a sus personajes y por extensión a quien lee, porque sigue página tras página esa rencorosa visión de Víctor sobre el mundo, la violencia acumulada que lo lleva a algunas actuaciones reprobables, dosificadas en parte por la belleza de una bondad humana que, literariamente, salvan a nuestro protagonista, víctima en todo caso de la sociedad actual.