Fotos de Chema Madoz. La Fábrica, Madrid, 2009. 150 pp. 22 €
Ignacio Sanz
«En el diccionario todas las palabras juegan al escondite con uno». «Las palabras son el esqueleto de las cosas. Por eso duran más que ellas». «El hombre que corre en bicicleta parece que va montado en su esqueleto metálico». Resulta inagotable el gran Ramón. Por eso sigue ahí, con sus greguerías, alumbrando el camino a todos aquellos que no se conforman con narrar una historia, los que tratan de sacar punta al idioma, los que luchan por hacerlo más plástico, más elástico y saltarín. «Soñar es bailar». ¿Se puede decir con más contundencia? Difícilmente. Ramón tiene vocación de contorsionista de las palabras. Pero también le gusta el regate en corto y el pase insólito e inesperado, como esos futbolistas que, de pronto, te desconciertan porque lanzan el balón a dónde nadie imaginaba y, como pillan a todos con el pie cambiado, desencadenan una baile insólito en el terreno de juego. Así es Ramón con las greguerías. «Café: tinta para escribir pensamientos recónditos». La literatura española desde la segunda mitad del siglo XX para acá está llena de deudas con Ramón. Pienso en Umbral, su hijo putativo más directo. Y en tantos y tantos poetas. Lo cierto es que las greguerías de Ramón nos siguen atrapando.
La clave de todo nos la da la hispanista Laurie-Anne Laget en la introducción de este libro espléndidamente editado, cuando nos recuerda la descripción que el propio Ramón hace de Tristán, su alter ego: «No es un escritor, ni un pensador, es un mirador , la única facultad verdadera y aérea: mira. Nada más».
Pero qué aguda su mirada: «Metidos en la sombra estamos de luto». «La paradojas van bien al guiso de escribir como las almejas al arroz». Ya digo que resulta inagotable. Nada tan romo, tan cansino, como una realidad descrita con realismo. El idioma en las manos de Ramón de convierte en un salmón que regresa a su guarida haciendo cabriolas para remontar el curso bravo del río.
Las 150 páginas de este libro regado de greguerías están salpicadas de fotos de Chema Madoz. Las fotos de Madoz son greguerías visuales, puras paradojas desconcertantes que crean en el espectador la misma sensación de asombro que las propias greguerías. Ambos artistas viven en sintonía complementaria en ese afán por distorsionar la realidad poniendo a bailar elementos contradictorios sobre el escenario para crear una realidad nueva.
Viéndolos juntos uno piensa en la deuda que la publicidad y el diseño tienen con estos dos artistas capaces de sacar leche de un botijo, como diría una caramelera de mi pueblo de algunos miembros de la Iglesia, en feliz expresión potencialmente ramoniana.
Por lo demás, la edición es impecable; un libro que invita a ser tocado, a ser dejado sobre la mesa por el simple placer de regresar a él unas horas más tarde, a ese un manantial que no se extingue porque siempre encontramos en él una faceta nueva en esa greguería que ya habíamos leído o en esa foto de Madoz híspida, mordaz o simplemente poética. La paradoja siempre.
Ignacio Sanz«En el diccionario todas las palabras juegan al escondite con uno». «Las palabras son el esqueleto de las cosas. Por eso duran más que ellas». «El hombre que corre en bicicleta parece que va montado en su esqueleto metálico». Resulta inagotable el gran Ramón. Por eso sigue ahí, con sus greguerías, alumbrando el camino a todos aquellos que no se conforman con narrar una historia, los que tratan de sacar punta al idioma, los que luchan por hacerlo más plástico, más elástico y saltarín. «Soñar es bailar». ¿Se puede decir con más contundencia? Difícilmente. Ramón tiene vocación de contorsionista de las palabras. Pero también le gusta el regate en corto y el pase insólito e inesperado, como esos futbolistas que, de pronto, te desconciertan porque lanzan el balón a dónde nadie imaginaba y, como pillan a todos con el pie cambiado, desencadenan una baile insólito en el terreno de juego. Así es Ramón con las greguerías. «Café: tinta para escribir pensamientos recónditos». La literatura española desde la segunda mitad del siglo XX para acá está llena de deudas con Ramón. Pienso en Umbral, su hijo putativo más directo. Y en tantos y tantos poetas. Lo cierto es que las greguerías de Ramón nos siguen atrapando.
La clave de todo nos la da la hispanista Laurie-Anne Laget en la introducción de este libro espléndidamente editado, cuando nos recuerda la descripción que el propio Ramón hace de Tristán, su alter ego: «No es un escritor, ni un pensador, es un mirador , la única facultad verdadera y aérea: mira. Nada más».
Pero qué aguda su mirada: «Metidos en la sombra estamos de luto». «La paradojas van bien al guiso de escribir como las almejas al arroz». Ya digo que resulta inagotable. Nada tan romo, tan cansino, como una realidad descrita con realismo. El idioma en las manos de Ramón de convierte en un salmón que regresa a su guarida haciendo cabriolas para remontar el curso bravo del río.
Las 150 páginas de este libro regado de greguerías están salpicadas de fotos de Chema Madoz. Las fotos de Madoz son greguerías visuales, puras paradojas desconcertantes que crean en el espectador la misma sensación de asombro que las propias greguerías. Ambos artistas viven en sintonía complementaria en ese afán por distorsionar la realidad poniendo a bailar elementos contradictorios sobre el escenario para crear una realidad nueva.
Viéndolos juntos uno piensa en la deuda que la publicidad y el diseño tienen con estos dos artistas capaces de sacar leche de un botijo, como diría una caramelera de mi pueblo de algunos miembros de la Iglesia, en feliz expresión potencialmente ramoniana.
Por lo demás, la edición es impecable; un libro que invita a ser tocado, a ser dejado sobre la mesa por el simple placer de regresar a él unas horas más tarde, a ese un manantial que no se extingue porque siempre encontramos en él una faceta nueva en esa greguería que ya habíamos leído o en esa foto de Madoz híspida, mordaz o simplemente poética. La paradoja siempre.



