viernes, junio 18, 2010

Escenario de Guerra, Andrea Jeftanovic

Baladí, Madrid, 2010. 207 pp. 19 €

María Ruisánchez Ortega

No es casual que la novela de Andrea Jeftanovic lleve por título Escenario de Guerra ni que se estructure en actos, ni que algunos de sus capítulos tengan títulos con claras referencias al mundo teatral: Función a solas, En gira permanente, Ensayo general, Tras bambalinas o Puesta en escena. No es casual porque estamos ante la representación, y entendamos por representación, la mímesis de la propia vida o el propio yo. Es curioso, esta es una sensación a posteriori, objetiva, post lectura: un análisis, ya que mientras estás sumergida entre las páginas de la novela, no tienes la sensación de que haya un escenario, más bien esa voz, esa niña, esa mujer, ni siquiera podría decir personaje, porque es mucho más real, llena toda la escena. Su parlamento, su prosa, sus recuerdos se graban en nuestras almas, los sentimos como propios, sin tiempo para boquear, sin darnos tregua… Como un grito que en la noche que nos susurrara en sueños. Así, esta novela desviste capa a capa, las viejas rémoras acumuladas por años, con polvo que cubre en secreto las líneas de las manos, que pocos se atreven a leer. Echar la vista atrás, desmigar la infancia, sopesar a los padres, descubrir, si se estaba o no equivocada.
«El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional» leo en el último ensayo de Haruki Murakami, y pienso en el personaje del padre, que ha elegido ese sufrimiento condenatorio, del que no ha podido escapar desde su propia infancia. Anclado en un recuerdo, en la esfera de un reloj, en el tic, tac que marca la línea entre la inocencia y la pérdida para siempre de la identidad. En esa jungla de la memoria, este hombre construye un mundo limitado en el que el miedo cerca todo lo conocido. Su hija, mientras, intenta escapar, comprender el ser que le correspondería por herencia, y que su padre trata de enterrar sin conseguirlo del todo. Ella, también, al igual que su padre, rememora, rumia cada uno de los trocitos de espejo de su propia infancia. Intenta lograrlo, intenta salir adelante con las cargas de la sangre, para dejar de sufrir por propia voluntad.
La sangre ajena y propia como hilo conductor de una novela tan dolorosa como evocadora. Una historia dura, esculpida en cada página por un cincel hecho a base de poderosas imágenes, tan hermosas, como tristes, certeras e hirientes, que van rasgando las páginas, una a una, línea a línea, para inventar un código de huída, para salir de uno mismo y lograr encontrarse frente a frente en el escenario de la vida, de la guerra, cara a cara con los personajes que nos han marcado, los que importan, aquellos a los que amamos y odiamos. Aquellos que nos han preñado de nosotros mismos, y de los que, desembarazarse es francamente difícil. Dejarlos ir, parirlos o no, para sacarlos de dentro, para mirar la vida, por fin, con otros ojos, con los propios, aunque la experiencia nos haya trastocado tanto, que quizá eso sea prácticamente imposible, una ilusión óptica. Un parpadeo, y uno descubre que no es quien creía ser, pero entiende por qué…
En definitiva, una novela viva, que mira hacia atrás para poder mirar hacia adelante, que se pierde en las miradas congeladas de los rostros del recuerdo. Poesías entre las páginas, sonora voz que emerge de lo más profundo del sufrimiento que se quiere abandonar. La terapia de la melancolía que trenza la historia que se quiere ordenar y contar, pero que escapa a lo temporal como un animal herido corre a refugiarse en las profundidades de la tierra.
Palabras contra el dolor, dolorosas palabras.

jueves, junio 17, 2010

Homer y Langley, E. L. Doctorow

Trad. Isabel Ferrer y Carlos Milla. Miscelánea, Barcelona, 2010. 208 pp. 18 €

Jorge Díaz

Doctorow es de esos autores que sabes que son importantes, de los que publican mucho en Estados Unidos y además desde hace casi cincuenta años. Eres capaz hasta de decir el nombre de un par de novelas suyas, en mi caso Ciudad de dios y Ragtime, pero nunca le has leído.
Llegué a Homer y Langley por recomendación de un librero amigo. Ya no son tantos los libreros que recomiendan lecturas a sus clientes, conocen sus gustos, leen lo que sale para ver a quién le puede gustar… Los autores nos quejamos del futuro, no sé si el de ellos será mejor o peor, ya veremos. Sería una pena que desaparecieran del todo.
La novela cuenta una historia basada en un caso real, el de los hermanos Collier, dos excéntricos que vivieron en Nueva York en la primera mitad del siglo XX. Su casa era un palacete de la calle ciento veintiocho con la Quinta Avenida, una dirección lujosa en la época pero que años después queda situada en pleno Harlem. El palacete estaba completamente lleno de periódicos, objetos recogidos de la basura, pianos, un Ford T en el comedor… Creía que se trataba de una enfermedad psiquiátrica conocida como síndrome de Diógenes. Al parecer, el caso de los hermanos Collier es tan especial que tiene su propio nombre, síndrome de Collier.
Doctorow cuenta que leyó la historia de los dos hermanos durante su juventud, cuando apareció en los periódicos: uno de los hermanos muere por el derrumbamiento de los periódicos, el otro solo, ciego y atrapado, moriría de hambre días después; los bomberos tardaron casi una semana en dar con los cuerpos, tal era el estado de la casa. En aquel momento, según el autor, supo que escribiría esa historia. Ha pasado más de medio siglo desde entonces, tiempo suficiente para que la sociedad olvidara a los famosos Collier y sólo el autor recordara los detalles.
Doctorow hace una magnífica labor de reconstrucción. Cambia la historia para que podamos entenderla: la resitúa en el tiempo y les hace vivir hasta entrados los setenta para que su falta de sintonía con el mundo externo sea aún mayor; la resitúa también en el espacio, del Harlem traslada el palacete hasta el Upper East Side, frente al Central Park, la zona más lujosa de la ciudad, para que su presencia sea aún más incómoda.
El mundo ha perdido la elegancia de cuando los Collier se encerraron en sí mismos. La etiqueta, los modales y las apariencias se pierden a un ritmo muy similar al que ellos sufren. De repente, durante una década, están de moda, son hippies, no tan distintos de los de fuera. Pero la sociedad no es tan coherente como los dos hermanos y, en lugar de evolucionar, involuciona. Pocos años después, vuelven a ser extravagantes y la ciudad, sus servicios, sus ejércitos de abogados, los acosa.
El mayor acierto, de los muchos de la novela, es darle la narración al hermano ciego: nada más hermoso que su visión y su clarividencia.
Homer se da cuenta de la pendiente por la que Langley se desliza y en la que le lleva a él. Se percata de que se embalan, de que poco a poco se va haciendo imposible parar. Sin embargo, lo acepta.
No se opone a la locura, la relativiza, la acompaña e incluso colabora en alguno de los experimentos del hermano, por ejemplo, la de darle de comer decenas de naranjas diarias para que recupere la vista.
Se ve obligado también Doctorow a justificar la presencia de los periódicos: todos los ejemplares de diarios matutinos y vespertinos de la ciudad de Nueva York, posiblemente una de las que más diarios publica. Langley busca en ellos la lógica de la vida, la forma de hacer un diario universal que sirva para todos los días y todas las épocas: un número determinado de muertes violentas, una cadencia natural de catástrofes, unas guerras periódicas, unas victorias y derrotas deportivas programadas…
Una vez leído, dan ganas de buscar todas esas novelas de Doctorow que se dejaron pasar por pereza. A ver si me pongo con ellas.

miércoles, junio 16, 2010

Un dibujo en el viento, Alejandro López Andrada

El Páramo, Córdoba, 2010. 317 pp. 20 €

Pedro M. Domene

El niño y el adolescente o, por razones sociológicas, los muchachos y las muchachas de una época, a excepción del niño-pícaro, y en determinados períodos de nuestra literatura, son algunos de los protagonistas más frecuentes en la narrativa del siglo XIX y XX. La realidad del mundo infantil y juvenil se muestra en su esplendor no solo en las renombradas obras de Miguel Delibes, El camino (1950) o Las ratas (1962), sino en toda una amplia tradición anterior y posterior que oscila entre los huérfanos de ¡Adiós, Cordera! (1891), el niño Pepe Garcés de Crónica del alba (1942), los suburbios descritos en Cabeza rapada (1958), los adolescentes que protagonizan Balada de gamberros (1965), el entrañable Santi, el mejor ejemplo del exilio infantil en El otro árbol de Guernica (1967), los recuerdos del niño de Conversación sobre la guerra (1978), o el nieto, a quien va dirigida la historia, de La sonrisa etrusca (1985), por citar algunos de los muchos ejemplos recogidos por Eduardo Godoy Gallardo en, La infancia en la narrativa española de posguerra (1979).
Alejandro López Andrada realiza, desde sus comienzos, una auténtica mitificación épica de la memoria, con esa fuerte presencia e influencia de la tierra en muchos de sus textos más variados, un espacio rural que conoció durante su infancia, su posterior adolescencia y que ahora, en su madurez literaria, recrea como esa marca de identidad de un lugar y de una época que, en buena parte de su literatura, ha derivado en una exquisita expresión lírica, una fuerza narrativa y una profunda visión ensayística. Quizá por eso, López Andrada se ha convertido en la conciencia de esa agigantada destrucción de algunas profesiones y bastantes costumbres, recuerda la desaparición de algunos personajes singulares que vivieron la difícil posguerra, identificados como perdedores y, aún más, solitarios porque siempre han luchado por una supervivencia, como bien apuntaba en su espléndida trilogía, El viento derruido (2004), Los años de la niebla (2005) y El óxido del cielo (2009), auténtico manual de antropología social.
La nueva novela de Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, Córdoba, 1957), Un dibujo en el viento (2010), formaría parte de esta singular tradición del niño-adolescente que sobrevive triste y atormentado en una época concreta: la agonía de unos años que incluyen esa extraña sensación de orfandad y desarraigo que supone una situación donde, para los mayores, la memoria aún es algo por lo que luchar. Cristino, el protagonista, es un adolescente que vive las contradicciones de una singular época histórica, la de una España franquista, en sus últimas bocanadas, aunque con la misma fuerza represiva ejercida de las décadas posteriores a la guerra civil, hecho que el niño percibe en su propio entorno: Veredas Blancas, el espacio geográfico creado por López Andrada, un lugar que durante muchos años le ha servido para dejar constancia de una particular cosmogonía. Un posible territorio literario donde desarrollar buena parte del sufrimiento, del desarraigo y de la pérdida de identidad en una región, fácilmente identificable con Los Pedroches, cuyos habitantes sobrevivían a ese enfrentamiento silencioso entre dos Españas: la de los gloriosos vencedores y la de los sufridos vencidos, todos arrastrados a un silencio solo recuperado por una literatura valiente. López Andrada se convierte en ese notario que con su prosa levanta acta del derrumbe de toda una identidad, la de los orgullosos habitantes de una tierra como la sierra cordobesa, la desaparición de muchas de sus oficios, de su sabiduría ancestral en torno al campo y al paisaje que los caracteriza y, sobre todo, a ese espectro que supone el paso del tiempo y de la conciencia colectiva. Pero, en esta ocasión, el narrador cordobés, ha optado por la ficción, con ligeros tintes de connotaciones políticas al hilo de la represión ejercida aún durante los años en que se sitúa la acción, la segunda mitad del 68, cuando el joven Cristino empieza a despertar a una adolescencia en la que percibe los cambios que se producen a su alrededor, cuando empieza a ser consciente de lo que hasta ese momento nunca había percibido: un gran secreto de familia que incluye rencor, dolor, muerte. La suya es esa imagen idílica con que se identifica la infancia: la de los juegos, las gamberradas junto a Bernardino, el Gordo Fatum o el chache Ismael, esa etapa de las eternas preguntas de un joven, que años después aún conserva lo relacionado con su vida pasada y la supervivencia impuesta, motivo de esa conciencia real que posibilita un relato como Un dibujo en el viento, cuando entonces la felicidad no era una sensación posible, y no fue así porque Cristino vivió la separación de una madre, ausente de la casa familiar durante meses para cuidar a una abuela enferma, el distanciamiento de un padre, sus anodinas travesuras, el estigma de una educación sesgada, sus primeros amores, incluso esa dura violencia sostenida en un ambiente no menos hostil, con continuos temores a lo desconocido y al miedo, sobre todo, a un suceso singular, ese secreto inconfesable que se refiere a su familia, relacionado con el abuelo, el tío Nicolás, con su propio padre, además de conocidos vecinos como Floro, el taxidermista, el guardia Jimeno, el Pastor de las Nieblas que, para él y para otros muchos, en una angustiosa sociedad, hicieron algo heroico aquel 15 de diciembre 1968, un hecho que, muchos años después, en la intimidad del pensamiento de un Cristino adulto, cuando se encara con esa realidad sombría que supone la soledad, el largo silencio y el paso del tiempo y su memoria recupera la imagen de unos muertos, cuyo espíritu, sigue vivo, mientras se siente rodeado por las sombras de una confidencia tan extrema, su evocación ya se convierte en palabra escrita

martes, junio 15, 2010

Voces disidentes. Cuentos de la generación de medio siglo, VV.AA.

Menoscuarto, Palencia, 2010. 280 pp. 16,50 €

Ignacio Sanz

Qué triste fue el franquismo. La literatura no hace más que corroborarlo. Y qué primarios éramos los españoles; la sombra de tanto fraticidio se cuela en estos relatos hiperrealistas. Incluso en aquellos casos en los que los escritores buscan alegorías y metáforas, el peso de la guerra y la pobreza que arrastró consigo fue tan grande, que se coló por los intersticios de la vida.
Este libro de cuentos agrupados por la profesora Ana Casas es una radiografía espléndida de esa época gris. Voces disidentes recoge cuentos de Ignacio Aldecoa, Josefina Aldecoa, Juan Benet, Enrique Cerdán Tato, Ricardo Doménech, Jesús Fernández Santos, Jorge Ferrer-Vidal, Medardo Fraile, Juan García Hortelano, Juan Goytisolo, Alfonso Grosso, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Lauro Olmo, José María de Quinto, Fernando Quiñónez, Rafael Sánchez Ferlosio, Alfonso Sastre, Daniel Suerio y Juan Eduardo Zúñiga. Veinte en total.
Por supuesto, se trata de cuentos impecables. No en vano habrán sido elegidos por la profesora Casas tras ser sometidos a un riguroso escrutinio. Lo que sorprende es la cerrazón ambiental y la pobreza que campea. También el peso de la realidad. Ni siquiera los autores que dieron luego muestras de una imaginación viva y fecunda, como Goytisolo o Sánchez Ferlosio, se libran de esa realidad asfixiante. Y es que, como diejra en una ocasión Mario Onaindía, antes que hija de unos autores, la literatura es hija de una época. Por eso, precisamente por eso, resulta sorprendente que Álvaro Cunquiero fuera capaz de escaparse y escribir en esa misma época una obra una obra tan imaginativa y disparatada.
Por supuesto que entre los autores hay matices. Cómo no. El cuento de Ana María Matute, tan realista, más que de pobreza, que también, habla de la miseria moral y de la crueldad de unos niños. La inocencia siempre tuvo un punto perverso. Y lo hace de tal modo que la lectura de su cuento nos hiere. También nos hiere el cuento de Carmen Martín Gaite que deja patente la diferencia entre clases sociales y cómo la alta burguesía sometía, y de qué modo, a los sirvientes. Como ahora, podría decir alguien. Pero no, como ahora, no. Por suerte.
Cada autor aporta matices en ese mosaico dominando por el gris que componen las diferentes estelas.
Como lector me he vuelto a estremecer con la lectura de Cabeza rapada, de Jesús Fernández-Santos, una pieza breve y contundente que podría servir como resumen de aquella época triste de posguerra.
Tarde de sábado, de José María de Quinto o Metamorfosis de un abogado, de Alfonso Sastre, a la vez que cuento marcadamente sociales abordan de manera directa la implicación política y la actitud colaboracionista con el régimen, si bien el de Sastre lo hace desde planteamiento fantásticos que recuerdan a Kafka. Posiblemente lo hiciera así para escapar de la censura.
También se sirve de la alegoría Zúñiga en El festín y la lluvia, escrito con una prosa tensa y elegante, con voluntad manifiesta de estilo, que se decía.
En conjunto es un magnífico friso de una época triste. Yo se lo recomendaría a los nostálgicos. Pero también se lo recomendaría a los buenos catadores de literatura con la misma pasión que les podría invitar a ver el neorrealismo italiano o el Plácido de Berlanga. Está muy bien leer estos cuentos en esta época en la que hay cierta desorientación, para, al menos, saber de dónde venimos. En estos cuentos late una verdad triste y ramplona que nos hiere. Y los escritores, una vez más, supieron captarlo como nadie.

lunes, junio 14, 2010

Entrega de los IV Premios Tormenta

Las fotos son de Aroa Moreno y de Deni Olmedo.
Las estatuillas, obra de Mateo Sanz, como cada año, y listas para ser entregadas.


El pez Hipólito nos presidía desde el techo de la librería Tres Rosas Amarillas, de Madrid, que nos acogió (¡gracias, José Luis, gracias Antonio!).


Elena Medel, Care Santos, maestras de ceremonias.


Elvira Navarro y Andrés Neuman, ganadores, en primera fila.




José Luis Gómez Toré leyó un poema de John Ashbery, ganador de la categoría de mejor libro traducido al castellano.




Elvira Navarro al recoger su Premio Tormenta al mejor joven autor 2010.




Andrés Neuman recoge su Premio Tormenta a mejor libro en castellano 2010.

Los dos ganadores, observan su estatuilla. Enhorabuena.