viernes, febrero 25, 2011

Brooklyn, Colm Tóibín

Trad. Ana Andrés Lleó. Lumen, Barcelona, 2010. 315 pp. 18,90 €

Coradino Vega

Quizás toda forma de literatura sea un artificio, una mentira, pero hay obras que lo aparentan menos y otras que lo aparentan más. Por otro lado, la tarea de narrar una historia acaecida en un tiempo remoto a la experiencia del novelista corre el riesgo de la insinceridad. También puede que todo esto no sea más que prejuicios tan generalizados como relativos, asentados fundamentalmente en parte de la crítica y en las escuelas de escritura creativa. De ser así, Brooklyn sería un magnífico ejemplo para romper con la tentación de cualquier tipo de amordazamiento previo. Contada de un modo completamente lineal, desde un punto de vista en tercera persona apoyado en la protagonista que nos sumerge de lleno en su conciencia al tiempo que guarda una distancia exacta de seguridad, la última novela de Colm Tóibín pone de manifiesto cuán importante es la forma para que lo que se cuenta sea lo que se quiere contar.
A priori estaríamos ante un relato ‘déjà vu’: Eilis Lacey, señorita de un pueblo del sudeste irlandés, emigra a Estados Unidos a principios de los cincuenta para encontrar trabajo; es decir: típica historia de viaje en barco, llegada a Nueva York, dificultades de adaptación, relación sentimental, paulatina transformación y conquista del sueño americano. Situado su inicio en España pasaría, para algunos, por una novela sospechosamente costumbrista. Y sin embargo, por más que la trama sea a groso modo ésa (final escatimado, no se preocupe el lector), todo en Brooklyn resulta original, verdadero, de una autenticidad vital sobrecogedora, magistral, de una templanza, un virtuosismo técnico y una perspicacia psicológica a la altura del protagonista de una anterior novela de Colm Tóibín titulada The Master: Henry James. El secreto radica precisamente en la verosimilitud de su forma. Cómo contar la emancipación de una mujer que nos evoca a Jane Austen además de a James, con una sobriedad contemporánea como de entre Alice Munro y J.M. Coetzee. Cómo lograr esa sustancia y esa solidez con una superficie tan difícil de ligera, con un estilo tan limpio, suave y contundente al mismo tiempo, de una ―podríamos decir― sofisticada contención, que provoca en sí la placidez del que lee lo muy complejo escrito de modo muy sencillo. No hay un solo detalle que denote voluntad de estilo en esta obra de Tóibín, ostentación, gesticulaciones ni grandilocuencia. A la humildad de su propósito inicial (contar simplemente lo que le pasa a Eilis) se le suma el deliberado paso atrás que da el autor hasta hacerse invisible. Así, nos muestra todo de manera transparente sugiriendo lo justo, siendo explícito sin incurrir en ningún exceso explicativo: el pasaje en un vagón de tercera a través del Atlántico, la casa irlandesa en Brooklyn de la señora Kehoe, el oficio de dependienta en unos grandes almacenes, los cursos nocturnos de contabilidad, el noviazgo, un suceso trágico, la vuelta a Irlanda, los factores que alimentan la indecisión. Una historia sobre el exilio y el arraigo, tremendamente emocional, que no cae en ninguno de los clichés del sentimentalismo. Porque no debería confundirse el estilo despojado de Tóibín con cierto minimalismo que sólo oculta la incapacidad de transmitir emociones, conmover al lector, estrecharle la mano y reconciliarlo con la literatura como se hacía antes de la pérdida de la inocencia literaria. Brooklyn demuestra que no hace falta una mirada oblicua para ser original, ni una voz empoderada, ni tan siquiera el sobrevaloradísimo talento, sino que basta el oficio de contar muy bien esta deslumbrante historia sobre el destino y la fatalidad, poblándola de unos personajes dotados de una dignidad y una inteligencia que evitan todo tipo de condescendencia.
De entre la proliferación de títulos con referencias a Nueva York que últimamente ocupan las mesas de las librerías españolas, muchos situados del lado por el que sopla el viento de la moda y otros al calor del oportunismo comercial, merece la pena acercarse a Brooklyn por la honestidad de su planteamiento, por la comprensión de algo tan complejo como el haz de verdades y mentiras y azares y contradicciones y decisiones y determinismos que forma la vida, y porque rehúye precisamente de eso que parece ir asociado a una novela sobre la conformación de Nueva York: los aires de grandeza épica de la llegada a Ellis Island cuando, desde el barco, el inmigrante vislumbra la Estatua de la Libertad.

jueves, febrero 24, 2011

Juego de cartas, Max Aub

Cuadernos del Vigía, Granada, 2010. 190 pp. 50 €

Luis García

Max Aub está vivo. Incluso diría, que está mas vivo que cuando Antonio Muñoz Molina leyó su ya conocido discurso Destierro y destiempo, con el que habría de ingresar años atrás en la Real Academia Española de la Lengua. Ahora, casi quince años después, y cuando muchos, entre los que me incluyo, creíamos conocer, que no leer, casi toda su obra, la Editorial Cuadernos del Vigía “se descuelga” con una curiosa iniciativa: la edición de Juego de cartas. Una curiosa novela epistolar que fue tan solo editada en una ocasión en México en 1964. Bien. Juego de cartas es una broma literaria, compuesta de 108 cartas en las que Aub va desgranando una novela por una de sus caras, la vida y pesares de Máximo Ballesteros contada por sus amantes, su mujer, sus amigos y amigas (¿tenía amigas y amigos?, me pregunto?)… Se me olvidaba decir que Máximo, Max, en diminutivo, lo que no hace sino alargar el ingenio, ya esta fallecido, muerto y enterrado, y uno de los objetivos del juego, es descubrir si dicha muerte ha sido un suicidio como mantienen Miguel Ángel y Gloria en sendas dividas. Da igual. Asesinado por Carmen, o mero accidente, natural u objeto del desaire de algún malentendido, a algunos y algunas les tiene sin cuidado, caso de María José, posiblemente antaño una amante despechada que dice: «Amiga Jacinta: Me tiene sin cuidado la muerte de Máximo. Ahora se dará cuenta Carmen de lo que ha perdido, de cómo echó a perder dos vidas…» Lo que no se puede negar, es que comencemos a leer por la carta que se comience, estamos ante uno de los más ingeniosos experimentos narrativos del siglo XX. Lo que no es poco decir. Pero no podemos dejar de hablar del reverso de la baraja, en este caso tan importante como la propia novela en si. Max Aub le encarga al pintor vanguardista catalán Josep Torres Campalans, como él exiliado en México, una serie de dibujos de ascendencia naif. Su alter ego. Porque Josep Torres Campalans es una impostura de Max Aub, una broma más en este laberinto conformado por Juego de Cartas. Insisto, una gran novela experimental por la que no pasa el tiempo, pero por la que es fácil a medida que se van leyendo las misivas observar todos los puntos de vista que la conforman: dolor, amor, pasión, miedo, desprecio, ira, insulto… formando lo que se ha denominado una novela cubista.

miércoles, febrero 23, 2011

El espíritu de Praga, Ivan Klíma

Trad. Fernando de Castro y Dolors Udina. El Acantilado, Barcelona, 2010. 264 pp. 19,50 €

Juan Pablo Heras

Antes de abrir el libro, leemos en la cubierta trasera que su autor, Ivan Klíma (Praga, 1931), sufrió de niño los rigores de un campo de concentración nazi (por judío) y de adulto la opresión de un régimen comunista (por intelectual). Y nos viene a la cabeza el famoso proverbio atribuido a los chinos: “nunca vivas tiempos apasionantes”. No sé si el maltratado premio Nobel Liu Xiaobo suscribiría estas palabras, pero lo que queda claro de la lectura de este libro, tras cerrarlo y reencontrarse con la biografía de la cubierta trasera, es que a la largo de su difícil supervivencia, Ivan Klíma gozó de pasiones que apenas podemos imaginar -¿por suerte?- los que, por ahora, vivimos tiempos más aburridos.
El presente volumen recoge una serie de artículos publicados originalmente entre 1975 y 2005, que van desde la remembranza autobiográfica al ensayo político, ecologista o literario. Lo que abraza a este material disperso viene a ser su propio título, El espíritu de Praga, una suerte de actitud particular que los checoslovacos mostraron durante el largo siglo XX hacia los diversos fanatismos que les fueron azotando. Los praguenses asumieron y promovieron sucesivos cambios de régimen en medio de una inusitada ausencia de derramamiento de sangre; y aunque la violencia sistémica de nazis y comunistas contara con vergonzosos silencios y viles adhesiones, el firme compromiso de los opositores por la paz y la libertad dio lugar a fenómenos tan admirables como la primavera de Praga de 1968 y la revolución de terciopelo de 1989.
Como se puede adivinar, Klíma tiene mucho en común con Milan Kundera. Respecto a éste, carece de su trazo genial, pero en cambio está dotado de una lucidez envidiable. Artículos como “Los poderosos y los impotentes” o “La lucha de la cultura contra el totalitarismo” podrían formar parte de la mejor antología de textos de Educación para la Ciudadanía. Otros como “El fin de la civilización” o “Breve reflexión sobre la basura” se adelantan a su tiempo en la defensa de una forma de vida sostenible. Es curioso observar cómo reflexiones elementales de tipo ecologista, hoy tan repetidas que han sido arrolladas por la apisonadora triste de la rutina, refulgen de nuevo en textos escritos allá por 1975. Es más, resulta sorprendente comprobar que las actitudes negacionistas que ya existían entonces, las de aquellos que desprecian todo cuidado en virtud de una milagrosa capacidad de autorrecuperación de la Tierra, eran atribuidas por Klíma a los marxistas más recalcitrantes, que no aceptaban despertar del sueño falaz del progreso ilimitado. Que ahora estas posturas estén asociadas a los adelantados del capitalismo nos hace entrever que estamos siendo víctimas de otro tipo de utopía, quizá más borrosa y discreta, que basa el crecimiento constante de la felicidad mundial en la acumulación de beneficios financieros a costa de los recursos finitos del planeta.
Tras la ocupación soviética de 1968, Klíma tuvo la oportunidad de vivir un apacible exilio en una universidad de Estados Unidos. Y sin embargo, decidió jugarse la vida, volver a su país para trabajar en la clandestinidad y sufrir la persecución de la dictadura, que ya preparaba un proceso contra él y su familia. A cambio, experimentó «la satisfacción de que libros que se difundían sólo por medio de copias o en ediciones publicadas en el extranjero les dijesen algo a la gente, que los lectores los buscaran afanosamente y estuviesen agradecidos» (pág. 190). Es decir, que la imposibilidad de publicar en libertad dio a sus obras el valor que todo escritor sueña para las suyas. Consciente de la paradoja, Klíma viene a decirnos que la lucha merece la pena, que los escasos momentos de felicidad que logró robar a tan largos periodos de opresión compensan la angustia y la desesperanza. ¿Qué decíamos de los tiempos apasionantes?
Sin embargo, Klíma no es un abanderado incondicional de la literatura de compromiso político. Una de las reflexiones más interesantes que aborda el libro se esconde bajo su particular lectura de la obra de otro célebre compatriota en el artículo “Las espadas se aproximan: las fuentes de inspiración de Franz Kafka”. Klíma interpreta muchas de las obras fundamentales de Kafka a la luz de experiencias vitales aparentemente banales. Kafka escribió El proceso y En la colonia penitenciaria cuando todo su alrededor temblaba por el estallido de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, sus cartas y diarios prueban, a juicio de Klíma, tanto la indiferencia por los conflictos internacionales como su tremenda angustia por la inminencia de un compromiso matrimonial. Es decir, que Kafka se desentendió por completo de los graves problemas de la sociedad de su tiempo y se dedicó a exorcizar sus problemas personales en su secreta obra literaria. Lo asombroso es que ahora sus textos nos parecen –y lo son- el reflejo más certero y estremecedor de la sinrazón que se apropió de la humanidad durante el siglo que dejamos atrás. Lo que viene a decirnos Klíma es que Kafka, desde su confinamiento espiritual, demostró un compromiso insuperable con la esencia de lo humano, mientras que muchos otros intelectuales que se creían impulsados por un afán de salvación o redención de la especie, se sumergieron en apriorismos ideológicos de tal modo que olvidaron lo mejor de la tradición cultural y se volvieron ciegos ante los horrores de los totalitarismos contemporáneos. No cabe callar ante la injusticia, pero es en la defensa de la intimidad, de la duda, de la sinceridad con uno mismo y de la libertad de la mirada, donde se encuentra el más profundo respeto hacia nuestros semejantes.

martes, febrero 22, 2011

El pájaro espectador, Wallace Stegner

Trad. Fernando González. Libros del Asteroide, Barcelona, 2010. 312 pp. 18,95 €

Ariadna G. García

En 1958 un cineasta japonés, Keisuke Kinoshita, daba a la historia del Séptimo Arte un título violento y despiadado: La balada de Narayama. Tenía 46 años y podía presumir de haber sobrevivido a la guerra contra China y de haber rodado una treintena de películas. La cinta relata una costumbre oriunda de las antiguas aldeas niponas. Según dictaba la letra de una antigua canción campestre, los hombres y mujeres que llegasen a los 70 años debían ser llevados por sus hijos a la cumbre de un monte nevado, donde permanecían solos, sin abrigo ni alimento, esperando su fin. En 1967 un novelista de Iowa, pero de origen escandinavo, Wallace Stegner, nos reconciliaba con la senectud y, de paso, con la sociedad gracias a un libro bello, delicado y cruel, de lectura imprescindible: El pájaro espectador.
La obra de Stegner arranca en las colinas de California. Allí, en una casa grande con jardines, y en medio de tormentas, un matrimonio de 70 años vive cómodamente alejados del trasiego de la urbe. Mientras él, Joe Allston (el irónico y entrañable narrador de la historia), trata de no sucumbir a una crisis debido a la edad, su esposa (Ruth) y sus amigos (el antiguo médico de cabecera, un escritor famoso…) se agarran a la vida derrochando un espíritu inquieto, comprometido y entusiasta en todo cuanto emprenden. Esta es la situación de inicio de la obra, que se ve amenazada cuando, de pronto, una postal firmada en una isla danesa hacia virar la proa del relato hacia otra época, otra localidad y otra nación. A petición de Ruth, de allí en adelante, cada noche Allston leerá el diario que escribió en secreto durante el viaje que emprendieron los dos a Dinamarca, veinte años atrás, para olvidar la muerte entre las olas de su único hijo. Wallace Stegner tejerá esta segunda trama con hilos procedentes de distintas madejas. A medio camino entre la novela de viajes, la novela negra, la novela de terror y las leyendas medievales, El pájaro espectador reta continuamente a nuestra imaginación para burlar sus expectativas. El resultado es un libro de hondo calado y de una gran riqueza literaria.
El corazón de su protagonista padece varias réplicas del terremoto que lo asoló tras perder a su madre. El sentimiento de culpa y el desarraigo derribarán de nuevo su frágil existencia cuando su hijo aspire un aliento de agua. El barrunto lejano de su propia extinción tendrá por epicentro el mismo punto. No obstante, la novela es un canto a los asideros que nos mantienen firmes, aunque las sacudidas sean fuertes. El amor, la amistad o la naturaleza son diques contra la avalancha de la culpa, los problemas de identidad y el miedo a la muerte.
Libros del Asteroide planea editar todas las novelas de Stegner. Ojala la traducción sea tan precisa, tan afilada como la presente. Casi podemos masticar las palabras y, con ellas, el mundo hermoso y a la vez perverso de su autor.

lunes, febrero 21, 2011

La vida cotidiana, Daniel Gascón

Alfabia, Barcelona, 2011. 176 pp. 17,50 €

Pepe Cervera

Daniel Gascón es un autor con el que he descubierto afinidad literaria y numerosas coincidencias, tanto por la naturaleza de las historias que escribe, como por la forma de afrontarlas. Sé que entre los autores que Daniel prefiere se encuentran aquellos que yo mismo también reconozco como maestros: Chejov, Hemingway, del que tan bien ha sabido asimilar la llamada teoría del iceberg, Tobias Wolff...
Confieso que soy un devorador de relatos, y como tal, prefiero los libros con unidad temática. No recuerdo quien diferenció las colecciones de relatos en libros DE relatos, y libros CON relatos; teniendo en cuenta que los libros CON relatos son aquellos en los que el autor reúne historias escritas en diferentes momentos de su carrera literaria, y sin intención previa de confeccionarlos. Yo prefiero, ya digo, los libros que conforman un bloque perfectamente reconocible, como, por poner dos claros ejemplos, Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, que para mí es uno de los que mejor representan esta corriente, y Olive Kitteridge, de Elizabeth Strout, que es uno de los más felices encuentros que he tenido últimamente respecto a la narrativa breve. Sin ninguna duda, opino que La vida cotidiana también es un ejemplo perfecto de la tendencia a la que me refiero, también es un libro DE relatos. Catorce cuentos escritos en primera persona, y que se leen como episodios de una misma historia, como capítulos que poseen suficiente grado de autonomía para ser interpretados con independencia unos de otros, pero cuya verdadera dimensión se adquiere al finalizar el volumen, cuando se obtiene una perspectiva total, y conseguimos abarcar con una sola mirada todas las partes de que se compone el libro. En este caso es el protagonista de cada una de las narraciones, alter ego del autor, el elemento que proporciona la unidad indicada. Proporciona la armonía, sí, pero no siempre es el centro alrededor del cual giran los demás personajes como simples secundarios. Así, nos encontramos relatos en los que Daniel Gascón se convierte en un pretexto para que nos adentremos en la historia de un abogado homosexual, un tanto ligero de cascos, como en el titulado “Clases de conversación”, o en la del jefe de una empresa de traducción con tendencia a aprovecharse de sus empleados a base de halagos, en “El traductor”, o una antigua maestra de la infancia que empleaba unos métodos docentes llamativos, por decirlo de una manera suave, y demasiado habituales para aquella época, en “La maestra”. El autor cede el protagonismo entonces a estos otros personajes, y los deja hablar y actuar, reaccionar y sentir, y son ellos los que consiguen captar la atención del lector, y acaban situándose en la posición y orden debidos hasta ofrecernos la imagen de un todo.
Según el escritor William Boyd, existe lo que él mismo define como “el falso cuento biográfico”. La biografía considerada “una ficción concebida dentro de los límites de los hechos observables”. El falso cuento biográfico juega con esta paradoja, en su intento de aprovechar las virtudes de la narrativa para presentar supuestos hechos reales. En este sentido, yo afirmaría que lo que ha escrito Daniel Gascón no es un libro de cuentos, sino una biografía disfrazada de libro de cuentos. Es la biografía de un personaje que él ha querido llamar Daniel Gascón, redactor de un periódico aragonés, profesor de español en una pequeña ciudad de Normandía, traductor, hombre que todavía no ha llegado a la treintena, y que después de publicar su primer libro de relatos, va y viene con un pequeño cuaderno en el bolsillo en el que toma notas para seguir escribiendo…
Me parece destacable la habilidad que se advierte en el trabajo del autor para evitar lugares literarios demasiado frecuentados. En algunos relatos podemos comprobar que se ha tensado la cuerda hasta situar los personajes en un contexto arriesgado. Pienso en el titulado “La escritora”, y en “Sucesos”. En ambos casos, me ha sorprendido la dirección temeraria que se ha concedido a la historia, y he tenido que acelerarme en la lectura para descubrir por dónde será capaz el autor de atajarla. No obstante, Daniel Gascón consigue impedir el descalabro introduciendo de forma astuta una mezcla precisa de ironía y amargura. En otro, como “La despedida”, cuento que abre el volumen, el autor orilla un peligroso y tentador sentimentalismo, al que hubiera resultado demasiado sencillo abocarse, convirtiendo la narración en un hermoso tributo a la amistad.
El tono de cercanía y un estilo desprovisto de artificios, confieren a su escritura el aliento de una conversación fraternal, como si todos los personajes que transitan por estas páginas pudieran encarnarse en gente que conocemos, gente a la que tenemos cariño, o todo lo contrario; por eso estoy convencido de que leer estos relatos es una manera de conocer al autor, de intimar con él, pero también estoy convencido de que es una manera de conocernos a nosotros mismos.
Uno de los personajes de “El mentiroso”, relato en el que se nos revela la fuente narrativa del autor, le reprocha que siempre escriba sobre la gente que le rodea. Pero Daniel no puede evitarlo. Daniel es sin duda alguna un escritor realista. Él mismo lo reconoce en el cuento “Abdominales”: “yo era un escritor realista: solo me masturbaba pensando en mujeres con las que ya había follado, y cuando escribía siempre decía la verdad”. Siempre decía la verdad. Ese es, en definitiva, el territorio literario de Daniel Gascón, la verdad, la esencia sin abstracciones de lo que ocurre a nuestro alrededor; ese es su mundo, y su mérito ha sido presentarlo tal y como él lo ve, ensartando una a una estas catorce cuentas con las que ha querido conmemorar la amistad, el amor, la fidelidad, la búsqueda, el miedo, el aprendizaje…
Celebremos con él, pues, y dejémonos fascinar por todas las pequeñas cosas de la existencia, y agradezcamos su pequeñez, porque como afirma uno de los personajes de este libro: “hay algo muy emocionante en la vida cotidiana”.